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miércoles, junio 25, 2014

Momentos en Roubaix



(Publicado en el n.2 de la revista Ziklo)
Fotos de Sergi Ros de Mora www.rosdemora.com

Este año 2014 Roubaix vuelve a estar de moda. De hecho lo hace cada año, nunca deja de estar en la cresta de la ola. Pero algo nuevo ha pasado: el Tour de Francia ha incluido este año una etapa con 9 tramos de pavés, habituales en la clásica. Y ya se sabe que el Tour todo lo puede y es capaz de poner de moda o hundir lo que se proponga.

Para nosotros Roubaix había sido siempre una etapa pendiente, un destino obligatorio que faltaba por tachar. El viaje a Roubaix es al mismo tiempo un viaje al pasado, a los orígenes del ciclismo.

A modo de flashes, las fotos evocan recuerdos del largo fin de semana que pasamos allí, en el norte de Francia, tocando con Bélgica. Recuerdos que no serán fáciles de borrar.

Esta es la pequeña historia visual de nuestro viaje a Roubaix a la conquista de los adoquines.

Johan Museeuw, el león de Flandes
Bar Le Pave justo frente a la entrada al velódromo. Cinco de la tarde del viernes anterior a la París Roubaix. Cicloturistas de toda Europa comparten tertulia y cerveza en ese local mítico. Especialmente muchos belgas.
Lo recuerdo como si fuera ahora, tantas veces viéndolo en la televisión, luchando con la cara embarrada. El día del triplete del Mapei, el día de su lesión tras la caída en Arenberg en 1998, el día, dos años después, que con el maillot de Domo, se reconcilia con la París Roubaix y la gana mostrando su recuperada rodilla al mundo.
Me parece reconocerlo. Miro las fotos de los vencedores que adornan las paredes del Bar y confirmo mis sospechas. Es Johan Museeuw. Con unos kilos de más y con la cara enrojecida por alguna que otra cerveza. Un mito viviente. ¿Eres tú? Soy yo. ¿Una foto? Cómo no!
Otra vez la fiesta de la bicicleta que es Roubaix se manifiesta en toda plenitud. Antiguos vencedores vuelven una vez al año, toman unas cervezas, son reconocidos y por unos momentos la gloria parece volver. Sólo pocos minutos más tarde vuelve a la realidad cuando le vemos alejarse sólo en un coche rotulado con la imagen de una marcha cicloturista que organiza en el mes de Junio.
Una foto que es algo más que una foto de un mito viviente con fans.

Las bicicletas de Roubaix 
Preparar la bicicleta para ir a Roubaix es una aventura. Cada uno escucha, lee, mira, investiga, y finalmente prepara la bicicleta. En mi caso no fui con la bicicleta “principal”, puesto que no quería hacerla sufrir y pasar por los malos ratos de los tramos adoquinados. Me cogí una bici vieja, le metí doble cinta del manillar, le metí cubiertas de 26 mm e hinché las ruedas a una presión moderada tirando a baja (5,5 kilos o 6 a lo máximo)… y poca cosa más. Otra cosa la descubrí ya sobre el primer tramo de pavés: hay que llevar portabidones en buen estado que sujeten bien los bidones. De lo contrario, al primer tramo de pavés ya los habréis perdido. Cientos de bidones en los tramos adoquinados dan fe que no fui el único que perdí un bidón.
Pero ir a Roubaix no es solo preparar la bicicleta sino preparar todo el material y la ropa de manera adecuada. No hay que olvidarse de los guantes, y ahí estaba yo para correr sin guantes. Cómo se le va a ocurrir a alguien correr sin gafas en una Roubaix polvorienta en la que se preveía un tiempo seco y primaveral. Y las gafas se me olvidaron. La organización también recomendaba llevar 5 cámaras de recambio por lo que pudiera pasar. Esto no es la salida de todos los domingos, aquí el riesgo de pinchazo es casi del 100%. Y si mezclamos pinchazos y caídas seguro que no hay grupeta que se marchara a casa sin ninguna de ellas.
Todo eso es también la experiencia de correr en Roubaix. En la foto vemos una bicicleta al final del recorrido, con una buena dosis de polvo y de suciedad. En el tubo horizontal se puede ver el adhesivo que la organización daba para tener presente en todo momento del recorrido cuáles eran los tramos de pavés. Muy buena iniciativa y una gran “chuleta”.

El Bosque de Arenberg  
Arenberg es el primer tramo calificado de 5 estrellas o dificultad máxima. En la prueba cicloturista el tramo es cronometrado para que el que quiera se pueda medir con los demás.

El ambiente en el Arenberg es especial. Tanto el día de la cicloturista como el día de la carrera profesional. El paso del cicloturista por el tramo adoquinado más famoso se convierte en una tortura para los no avezados. Un inacabable tramo recto de 2,4 km con unos adoquines desiguales que no permiten coger ninguna velocidad

El día de la prueba profesional es uno de los sitios con más ambiente de toda la prueba. Una zona VIP al final del tramo donde las personas importantes pueden ver lo que ocurre en una posición privilegiada. No cabe nadie más, si alguien pretende tener un poco de visibilidad.
Sobre todo un montón de belgas alrededor nuestro. También ingleses (vestidos con el  Rapha Style) e incluso una pareja de americanos que han aprovechado las vacaciones para ver todas las clásicas de primaveras. Sorprende la cultura ciclista que tienen, viniendo de donde vienen!

En las fotos podemos ver los adoquines irregulares que caracterizan Arenberg. Otro nombre que ya está escrito en la leyenda de nuestro deporte.

El anacronismo de Roubaix
Una imagen refleja tantas cosas… ¿Anacronismo decíamos? ¿Cómo se puede entender que en una carrera tan super-profesionalizada, donde hay tanto dinero en juego, nos encontremos un personaje así?

Una furgoneta o una moto vieja dejaron un rastro de aceite en el paves de Arenberg la noche anterior a la París-Roubaix. La solución no pasa por una sofisticada maquinaria capaz de limpiar la ruta y arreglar el desaguisado. La solución pasa por que uno de los “Amis de la Paris Roubaix” en una furgoneta, probablemente en peor estado que la que dejó el rastro de aceite, lance serraduras que sequen el aceite pocas horas antes del paso de los corredores. Todo muy antiguo, muy rural, muy…auténtico.

En la foto podemos observar al personaje que se encargaba de tan importante cometido. Importante porque de no ser por ese trabajo muchos ciclistas profesionales podrían haber caído, circulando a gran velocidad por ahí, exactamente por el “lomo de burro” del camino, por la espina dorsal de la carretera, por el centro.

El Velódromo (viejo) de Roubaix
El viejo Velodromo de Roubaix ha sido desde 1943 (sólo con 3 años de excepción: 1987-1988-1989) el lugar donde termina la París Roubaix después de tantos años, aunque justo al lado se haya construido el nuevo velódromo cubierto Jean Stablinski. El encanto del Velódromo de Roubaix es el encanto de lo decadente, de lo clásico. Ver el velódromo en directo es una mezcla de excitación y decepción. Lugar mitificado por todos los amantes del ciclismo y sin embargo en directo es una instalación fuera de su época.

Rodar por su cemento y probar la inclinación de sus curvas es sentirse finisher y sentirse profesional por un día.

En la foto se aprecia la alegría de los diversos grupos que terminan la prueba. Unos levantan los brazos, otros imitan el famoso gesto de Museeuw en el año 2000, cada uno a su aire, los miles de cicloturistas van entrando durante horas, puesto que en los últimos kilómetros se juntan los ciclistas de las 3 distancias posibles, que a su vez tienen salida libre.

El Carrefour de l’Arbre o el cruce del árbol
El Carrefour de l’Arbre no es el tramo duro ni el más largo, poco más de dos kilómetros,  pero durante los últimos años ha sido un tramo definitivo en la resolución de la carrera. Por primera vez introducido en el año 1980, Carrefour de l’Arbre es el segundo tramo de pavés con 5 estrellas tras Arenberg. La curva a izquierdas con la que se inicia el tramo, el restaurante al final, el árbol que le da nombre justo al lado. Ahora ya son lugares que han quedado fijados en nuestras retinas.

El último tramo importante, en el que uno ya no quiere saber más de los adoquines y busca algún pequeño resquicio junto a la hierba para no sufrir más el impacto de las piedras.
Este tramo ha sido los últimos años objeto de polémica puesto que el comportamiento de los aficionados no ha sido el más adecuado. Consecuencias de la ingesta masiva de alcohol en general y cerveza en particular.

El Carrefour de l’Arbre es, efectivamente, el cruce del árbol. Más de dos km de adoquín, tras los cuales ya no será fácil hacer diferencias.

Una fiesta del ciclismo
Ciclistas de todos los países, de todas las condiciones, unos bien equipados, otros con lo justo, algunos disfrazados de época como si esto fuera La Eroica o la Pedals de Clip. La París Roubaix evoca el pasado, eso no se puede remediar.
De lo que se trata es de disfrutar de una jornada festiva en la que por una vez el resultado deportivo es lo de menos y en cambio se trata de disfrutar con los compañeros de grupeta de un día muy especial.
En la imagen vemos uno de los participantes en una bicicleta de madera que, la verdad, dudo que le sirviera para hacer muchos kilómetros. La cantidad de cerveza ingerida por el susodicho es proporcional a su barriga. Hasta tal punto que también dio de beber al caballito que podéis ver en el manillar. La fiesta de Roubaix… y de la cerveza.

El centenario
Justo a la entrada del velódromo hay un sencillo monumento, que representa un adoquín, cómo no, que conmemora los 100 años de celebración de la París Roubaix.
Un adoquín gigante que es el símbolo de toda la prueba. Un adoquín que también reciben los ganadores desde el año 1977.
Si bien la primera vez que se celebró la prueba fue en 1896, con los parones de la Guerras mundiales, fue en el año 2002 en que se celebró el centenario de la prueba y cuando se instaló este adoquín gigante, que ha pasado a ser otro de los puntos de peregrinaje de los cicloturistas de todo el mundo.
Las medallas de Roubaix
Las marchas cicloturistas se valoran por su paralelismo con las pruebas profesionales, por su historia, por su recorrido. Y cuando uno ya tiene todo eso, los detalles marcan la diferencia. Cuando íbamos a Roubaix, los amigos nos encargaban un adoquín, pero ese no es el regalo que ofrece la organización. El regalo que ofrece es una sencilla medalla que acredita que tú pasaste por los terribles tramos adoquinados y que, en cualquiera de sus versiones, terminaste la prueba. Es la medalla que nosotros, en la foto y a lo Rafa Nadal, mordemos comprobando su autenticidad.

En nuestro caso, fuimos a la Challenge Paris Roubaix, prueba que se organiza el mismo fin de semana de la carrera profesional. La Challenge tiene 3 posibilidades: una ruta de 171 km con salida en Busigny (hay que coger un autobús de madrugada hasta la linea de salida), la de 141 km que sale de Roubaix y que incluye los últimos 18 tramos de pavés (desde Arenberg hasta el final), y la de 70 km, tambien con un recorrido circular.

Pero para los más puristas, hay que decir que la genuina Paris Roubaix Cyclosportive se celebra cada dos años (los años pares) el mes de junio con dos distancias, 210 (autoproclamada La Leyenda, aunque no es exactamente el mismo recorrido que la carrera profesional) y otra de 120 km que incluye también los tramos de pavés más famosos. Ya lo sabéis, para 2016.

La tradición
Uno de los muchos alicientes de la París Roubaix. Una de las tradiciones a respetar. Otro anacronismo. Desde 2003, el nombre de todos los vencedores en Roubaix se halla grabado en unas placas que identifican no las duchas, sino unas minicabinas individuales donde el sábado se cambian los cicloturistas y el domingo los profesionales. Esto no son los lujosos vestuarios de los estadios de fútbol modernos. Esto son unas austeras duchas que podrían ser las de cualquier campo de futbol base. Un lugar donde limpiar el polvo, el sudor, el barro y recordar la gloria y la miseria de una de las carreras más bonitas que existe en el calendario internacional.

Después de más de seis horas de lucha contra el resto de corredores y contra las piedras, los profesionales seguirán durante unos minutos más en el pasado. Viviendo el anacronismo que significa una prueba tan especial del Siglo XIX disputada en el Siglo XXI.



lunes, abril 03, 2006

El Tour de Flandes, cicloturismo en estado puro


Antes de la salida, habíamos empaquetado las bicis en cajas de cartón, de las que contienen las bicicletas cuando vienen de fábrica. Pedales y sillín desmontados, manillar aflojado y pasado por debajo del cuadro, el buje de la rueda delantera desmontado y protegido, al igual que la horquilla delantera... En fin, cualquier precaución es poca, visto cómo tratan los paquetes en los aeropuertos. Además, nos informaron al facturar que no admiten las bicicletas en bolsas blandas, o caja de cartón como nosotros o bolsa dura. Ojo al dato, como diría aquel.

Me sorprendió no ver más bicicletas mientras facturábamos. Tampoco me pareció ver en el mismo avión más gente de características parecidas a las nuestras, qe se desplazaran a Bélgica a correr y a ver el Tour de Flandes. Más bien eran mayoría los belgas que regresaban allí. Me parece que es una lástima lo poco que se valora en nuestro país un evento de primerísima magnitud como el Tour de Flandes y las clásicas en general. Con decir que el Tour de Flandes profesional reúne a un millón de personas en las carreteras flamencas, me parece que está dicho todo.

A la llegada en el aeropuerto de Bruselas, todo perfecto. Hay un lugar dedicado exclusivamente a los equipajes de grandes dimensiones, o sea que todo previsto, las cajas en perfecto estado y la bicis a punto de ser montadas. Fuimos a recoger un minibús Opel Vivaro que cumplió su función a la perfección. Las bicis cabían exactamente en su maletero. De allí nos fuimos a Ninove para intentar encontrar sitio en el autobús que lleva a los corredores a Brujas para hacer la marcha larga de 270 km, pero no había sitio. Menos mal!

En la marcha mediana (140 km), que era la que íbamos finalmente a hacer, el horario de salida era libre entre las 7,30 y las 10,30. Nosotros nos encantamos un poco, y entre que bajamos de Bruselas (a 25 km de Ninove), que aparcamos (¿os imagináis 15.000 ciclistas y sus acompañantes?) nos situamos en el Instituto Tecnológico Provincial y nos vamos a la salida, pues salíamos que eran las 9,30. No estábamos seguros de que no hubiera ningún chip y control de tiempos, pero resultó que no, aunque luego entenderíamos por qué.

Al principio, algunas sorpresas al ver a gente sin casco, muchas bicicletas con guardabarros, también vimos maillots históricos de equipos españoles ¡! (Zahor, Seur), por no hablar de las indumentarias más insólitas que uno pueda imaginar, y muchos, muchos, kilómetros por el carril bici, imposible hacerla con tiempos tipo marcha ciclodeportiva a la que estamos acostumbrados aquí en España.

En estas que empieza a llover. Ya está bien, estamos en Flandes, y un Tour de Flandes sin lluvia ni viento no es ni clásica belga ni es nada. Pero lo malo es que llovía y llovía y no parecía que tuviera ganas de parar. Algunos incluso paraban y otros daban media vuelta. Aunque ninguno de ellos parecía local, éstos me parece que están acostumbrados a hacer más de una marcha enterita lloviendo.

Había estado soñando con el primero de los muros que nos encontraríamos. Cómo sería, cómo lo afrontaría, sentir el pavés bajo mi culo. Lo único que tenia claro es que el pavés hay que afrontarlo por el centro (por la espalda de burro, como le llaman los italianos). No tenía claro ni siquiera cómo tenía que hinchar los neumáticos. El día anterior no nos poníamos de acuerdo entre los compañeros, pero ya os avanzo que me parece que tomé la decisión acertada con una presión moderada (8 y 7,5, en lugar de los 9 a que hincharon otros). No sé si esta receta sirve para la París Roubaix, pero por lo menos para el Tour de Flandes creo que sí.

Así que encaramos el primer muro (Molenberg) y me encuentro con la desagradable sorpresa que el tráfico no estaba cortado. Esto, claro, en una pista de no más de 3 metros de ancho significa un verdadero problema... o sea que menos mal que la furgoneta que encontramos circulaba en nuestra misma dirección, porque si llega a hacerlo en dirección contraria, se hubiera armado una buena. Muro con adoquines de solamente 325 metros de longitud, pero con rampas del 17%, pongo el tercer plato y para arriba. No era tan fiero el león. Viendo cómo funcionaba esto, debo decir que en un par de muros me permití subirlos con el 42-25, en lugar de con el 30, y ningún problema.

Un aspecto que no me gustó es el hecho que los muros no están identificados. Los que no estamos acostumbrados a rodar por esas carreteras agradeceríamos el cartelito abajo indicando dónde nos dirigimos, incluso los desniveles que nos esperan, y también los carteles arriba, donde poder hacer la foto-recuerdo, por qué no...

Que no se podía buscar un buen tiempo nos lo acabó de confirmar el hecho tener de parar antes del paso de un río poco antes del primer control en Oudenaarde. El puente estaba levantado para el paso de las barcas!!! Parón y reagrupamiento de un montón de gente. Y justo al otro lado del río había el control de sellado y avituallamiento. Y nuevo parón. Si alguien se queja de que en alguna marcha de aquí tiene que esperar un poco, aquí era para ponerse de los nervios. Sin exagerar, estuvimos más de media hora para poder sellar y pasar por una carpa donde estaba concentrado el avituallamiento

Una vez pasados los dos primeros muros y el control sabíamos por el perfil que había un tramo de transición. Allí circulamos por un carril bici, obviamente a una velocidad limitada que permite ir contemplando el paisaje. De pronto, a la izquierda, observamos un paredón adoquinado lleno de gente, iluminado por el sol y con un arco hinchable arriba. Nos miramos, nos preguntamos qué es y al poco tiempo vemos un desvío, en el otro lado de la calzada que pone Koppenberg, que sería el verdadero hueso del día.

Pero todavía faltaba pasar el Oude Kwaremont, un muro muy largo (2,200 metros) totalmente adoquinado pero con no demasiado desnivel. Casi diría que mejor el adoquín subiendo que en llano, porque en el llano un tiene la tentación de dejar ir la bici, y eso es terrible, para ir sobre el adoquín hay que ir en permanente tensión y con pedaleo firme. También pasamos el Paterberg, un muro con una rampa muy dura al 20%, pero corta y que se pasa apretando los dientes.

La subida al Koppenberg llega finalmente tras una curva a derechas. Miras hacia arriba y ves un montón de gente caminando y piensas que será complicado pasarla, pero triple y para arriba. Lo malo era el estado del suelo. Empiezo a sospechar que mantener el equilibrio entre el barrillo y los adoquines será más complicado que la propia pendiente en sí. Total que antes de que aparezca lo peor (el 22%) ya he bajado de la bici. Qué pena más grande, únicamente me consuela saber que ni siquiera Bettini (sí, como lo leéis) pudo subirlo ese día, tal como decía la prensa del domingo. Incluso estaba previsto que pasaran los bomberos para regar el muro e intentar desprender la capa de barro que hacía deslizar las cubiertas. En el Koppenberg encontramos a un compatriota de Huelva que estaba animando a los cicloturistas que nos reconoció por el maillot y también charlamos con algunos belgas que se sorprendían de nuestro fin de semana flamenco. ¿Seremos nosotros los raros?

Un poco antes del segundo control nos encontramos con los profesionales del Euskaltel Euskadi, con los cuales nos hicimos una foto. Nos comentaron que habían hecho una salidita de 80-90 kilómetros para preparar las piernas. No está mal. A pesar de la juventud del equipo, al día siguiente tres de ellos pudieron acabar la carrera profesional.

Los muros se van sucediendo y casi es imposible ir contándolos: Leberg, Berendries, Tenbosse. Todos repletos de gente, todos pedalables, únicamente queda el reto del Grammont. Cosquilleo en el estómago, curva a la izquierda y muro asfaltado, que da paso al Kappelmuur propiamente dicho, con adoquines y unos desniveles de hasta el 20% que sin embargo se pueden subir al estar el suelo seco. ¿Se pueden? Pues un tipo delante de mí se para y tengo que poner pie al suelo. Llego arriba con un cabreo considerable y convenzo a los compañeros para que lo subamos de nuevo. Tardo aproximadamente medio segundo en convencerlos y tras preguntar a un lugareño cómo volver a llegar a la base volvemos a subirlo, esta vez todos juntos.

Después del Muro de Grammont y el Bosberg ya es una bajada. Puesto que el cuerpo no está demasiado castigado decidimos pegar un buen arreón y calentar un poco las piernas imitando los latigazos del rocoso Andrei Tchmil, que ganó un Tour de Flandes atacando precisamente en el tramo llano del final. Nos divertimos un buen rato pasando gente hasta que un pinchazo nos devuelve a la realidad. Francamente, con un solo pinchazo como única incidencia mecánica podemos darnos por más que satisfechos. Cabe decir que el asfalto de las carreteras belgas, más que un asfaltado convencional, se trata de grandes losas de hormigón que ocupan media calzada, con lo que en la parte central está la junta de las losas, que obliga a andar con mucho cuidado para no meter la rueda justo ahí. Si os fijáis en la tele, los bandazos que dan los pros a veces tienen que ver con este detalle. Total, que pillé una de estas juntas de pleno, pinché y aún gracias que no me caí...

Al final, nos llevamos un buen botín: diploma acreditativo (Dios mío, cómo quedó de mojada la cartulina de sellado), medalla recordatorio, camiseta, bolsa, desmontables, maillot (éste, pagando aparte, je). En fin, un buen recuerdo para un magnífico día.

Por cierto, debo decir sobre el recorrido que menos mal que se hace en una marcha con tantísima gente, porque en el laberinto de carreteras estrechas, carriles bici, cruces y cuestas sería tarea imposible encontrar la ruta adecuada yendo por libre... No sé cuántas veces vi cartelitos dirigiendo a Oudenaarde y a Brakel...

El domingo también tocó madrugón, pues había que ir a Brujas, a ver la salida de De Ronde. Está muy bien montado, puesto que la Plaza del Mercado alberga los autobuses de los equipos. Y justo debajo hay un gran parking, por lo que no resulta un problem dejar el coche. El control de firmas está en otra plaza cercana a la que se llega por la calle Steenstraat. Por lo tanto, en Steenstraat se puede ver a los corredores 2 ó 3 veces entre que van al control y vuelven. Lástima que el tiempo no acompañaba, puesto que estaba lloviendo, para variar... De pronto, nos sorprende un rugido de la gente que se va acercando a nosotros, hasta que vemos pasar a Tom Boonen, verdadero ídolo local, y gran favorito del día que más tarde confirmaría los pronósticos.

La prensa, volcada con De Ronde, páginas y páginas en los periódicos flamencos (Het Volk y Het Niewsblad) explicando los preliminares de la prueba y las dificultades de los profesionales para subir los muros el día anterior.

El siguiente destino era Paderstraat, en la localidad de Zottengem. Allí nos dirigimos desde Brujas. Nuestro contacto en Flandes (Marc Desender) nos comentó que en Paderstraat, el primer tramo adoquinado de la prueba, se había montado un túnel decorado con las caricaturas de un pintor local llamado Nesten. Muy curioso el resultado final. En las fotos podréis ver algunas de las caricaturas que allí se exponían. El túnel se situó justamente al lado de un pequeño monumento que la ciudad de Zottengem dedica al Tour de Flandes. Cuando llegamos era todavía pronto y nos pudimos hacer unas fotos dentro del túnel y al lado del monumento, pero la verdad es que después de unos minutos toda la calle se llenó de forma increíble (al final, únicamente se trataba de un tramo adoquinado, donde los ciclistas pasaban rápidamente), pero eso es el Tour de Flandes, la pasión de ciclismo por encima de todo.

La relación entre cultura y ciclismo en Bélgica es muy estrecha. El pintor Nesten es un personaje muy conocido allí. Nos decían que es el típico artista barbudo, con sandalias y un aire desaliñado. Podéis conocerlo un poco más en su página web: www.nesten.be. Un gran caricaturista con una gran afición por el ciclismo.

Al parecer, el mismo túnel artificial que se montó en el Paderstraat está previsto que se monte en la etapa del próximo Tour de Francia que finaliza en la localidad holandesa de Valkenburg, donde el circuito mundialista de 1998.

Después nos dirigimos ya hacia el Muro de Gramont. Cabe decir que esta denominación francófona es la menos conocida allí. Pienso que si preguntamos por ella, nadie sabría a qué nos referimos. Del hecho es el muro de Geraardsbergen, el pueblo que está a sus pies. Y concretamente es denominado Kappelmuur, el muro de la Capilla, puesto que arriba, como sabéis, hay una ya famosa iglesia que vemos por televisión cada año.
Lo fuimos subiendo a pie y descubrimos un monumento a las aficionados ( a los Supporters) que podéis ver en foto aparte, con una poesía dedicada, de otro artista que únicamente escribe sobre temas relacionados con el ciclismo.

Mientras esperábamos el paso de los corredores nos dio tiempo de hablar de Musseuw, o la caída del mito. El corredor que personalizaba con sus gestas el león de Flandes ha perdido su credibilidad. Sus mensajitos con el doctor Mabuse han hecho que la gente lo haya juzgado y haya dictaminado su culpabilidad. Qué pena. También profundicé en el conocimiento de las relaciones entre flamencos y valones, y entendí cómo Nuyens, Van Petegem, Devolder o Hoste eran verdaderos ídolos, y en cambio Gilbert no tenía ni siquiera caricatura en el tunel de Nesten. Claro, es valón.

El paso de los corredores confirmó el magnífico estado de Boonen, y la gente estalló. Nuestro gran favorito era Flecha que encarna la generosidad, la voluntad, la fuerza, la pasión por las clásicas, la lucha contra la corriente de las grandes vueltas. Hoy no pudo ser, pero otro día será, lo sabe él y lo sabemos todos.

La carrera venía con ligero retraso, por lo que tuvimos que salir como alma que lleva el diablo del Kappelmuur para llegar a tiempo al aeropuerto. Todo había salido a pedir de boca, solamente faltaba ese pequeño detalle de no perder el avión de regreso. Por lo pelos.

En el aeropuerto, nos encontramos con Bjarnee Riijs y con Viatcheslav Ekimov. Este último incluso en nuestro mismo avión, puesto que reside en Tortosa. También coincidimos con un grupo de madrileños que habían hecho la marcha completa (270 km) y que nos comentaban que los 130 km que hicieron de más fueron 130 kilometros de lluvia, de aire en contra y de abanicos. Pues qué queréis que os diga, menos mal que no había plazas en el autobús...

Finalmente, tras el estrés, un poquito de descanso en el avión, a reposar y a ver las fotos con tranquilidad. Vuelta a casa pensando que hemos hecho algo grande, no tanto por la exigencia física que pueda suponer la marcha en sí, sino por haber vivido dos experiencias tan grandes y, sobre todo, haber descubierto la pasión por el ciclismo en Flandes. Ahora es mucho más fácil entender a Flecha.