miércoles, mayo 03, 2006

Soy de la generación de Perico

(Artículo publicado en el número 8 de la revista Pedalier)


Recuerdo los Tours de principios de los 80, en que nuestra mayor aspiración era hacer un lugar en los 10 primeros con Marino Lejarreta o Alberto Fernández. Hasta que llegó el mágico Tour de 1983 con Perico y Arroyo. Aprendí a emocionarme con Perico delante del televisor. Aprendí a querer la montaña y a esperarla impaciente, mientras odiaba el pavés, el aire y los abanicos. Cada puerto que me descubrían esos Tours lo estudiaba con mimo: Puy de Dôme, Guzet Neige, Granon, Joux Plane, La Ruchere, … Cada nuevo puerto era un regalo y una oportunidad para estudiar en el Atlas la geografía francesa. Los buscaba como un loco en los libros franceses de Altigraph y hacía una lista con todos.

Empecé a subir puertos imitando a Perico. Durante años no supe lo que era subir sentado. La Rabassada era el Tourmalet y el Forat del Vent era el Galibier. Mientras, Perico subió al podio de París, y dos veces al podio de Madrid, pero también estuvo en el Gavia en 1988, el día que se escribió la leyenda. Su despiste de Luxemburgo en 1989 nos permitió ver ataques imborrables ese año, y aunque no ganó, escarbó un poco más en nuestros sentimientos. Después, Perico sobrevivió con dignidad a la tiranía de Indurain.

Perico se fue, pero la semilla ya estaba plantada y no dejaba de crecer en mí. Y ya con casi 40 años descubrí lo que es subir un puerto de Tour (Pailheres), ya cerrado al tráfico, unas horas antes de que pasaran los profesionales. Servidumbres de haber nacido en una gran ciudad y descubrir la montaña tarde. Por una vez cambié gustoso el habitual silencio, apagado con mi jadeo, por el ánimo de la gente que me hacía creer que estaba escapado y el pelotón me perseguía. No hay nada que se pueda comparar a eso. O quizás sí: subir Mont Ventoux un día claro y visitar el monumento a Simpson, o coronar el mítico Stelvio con aguanive, entre motoristas y esquiadores.

Sí, algunas experiencias en la montaña y sobre la bici que uno ha vivido, pero queda tanto por descubrir… Sigo consultando los libros de Altigraph y de Ediciclo, leo y releo los artículos de Mario Ruiz y de Ander y Juanto, y los mails de Roy y Angel, busco en http://www.salite.com/, y incluso en Google, pero cuando creo que sé un poquito me doy cuenta de todo lo que falta. La montaña sigue descubriendo nuevas aventuras que ni el MOPU es capaz de anticipar. Nuevos retos que están ahí para subirlos un año de estos. La Pandera y Aitana, Zoncolan y Bocca di Forca, Malga Palazzo y Nebelhorn, hemos ido descubriendo cada uno de ellos y ya los tenemos situados en el mapa. El año pasado nos sorprendió Col delle Finestre, y este año Plan de Corones y La Toussuire. Y aún queda más en la recámara: Peña Escrita, Coll de Pradell, y pequeños tesoros como la Tour de Madeloc o la Corbata. Están ahí, muchos de ellos muy cerca, esperándonos, sólo necesitan que alguien de nosotros lo suba, lo sufra y lo explique.

Perico simboliza una raza de escaladores que conectó con la gente, pero no tuvo sucesión. Le siguió esa generación de escaladores de vida efímera que simbolizan Pantani y el Chaba Jiménez. Siempre es buen momento para recordarlos, cómo no, ellos también fueron culpables de muchos buenos momentos en la cuneta o delante del televisor.

Hoy Perico sigue con nosotros desde un micrófono, y de la misma forma sencilla y cercana que nos explica las vueltas de hoy, nos enganchaba al televisor con sus ataques en los Tours de ayer. Perico es el responsable de la pasión que mucha gente de mi generación siente por la montaña. Y estamos ahí, todavía, imitándolo.

Gracias Perico.

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