lunes, marzo 10, 2008

El estadio Olímpico de Berlín


Berlín es una ciudad llena de alicientes. Llena de atracciones: la Columna de la Victoria, los restos del Muro, la Puerta de Brandenburgo, Unter den Linden, el Monumento recordatorio del Holocausto, Postdamer Platz, el Zoológico…

Pero para un amante del deporte es obligado visitar el Estadio Olímpico de Berlín. Desde fuera tiene un aire decadente, quizás acorde con la climatología fría de la Alemania del norte. Ese aire decadente se convierte de repente en un soplo de modernidad al ver la reforma interior y la cubierta que permite proteger los 75.000 espectadores de aforo máximo en caso de lluvia. Unicamente la puerta de Maraton mantiene una ínfima parte del estadio expuesto a las inclemencias del tiempo.


Paseando por los exteriores del estadio no es difícil imaginarse, igual que en muchas de las amplísimas avenidas berlinesas, a soldados desfilando marcialmente. La huella del pasado está presente en toda la instalación, a pesar de la reforma que se hizo para que el estadio acogiera la fase final de la Copa del Mundo de Futbol de 2006, no sin debate previo, puesto que se barajó la posibilidad de demoler el estadio, salvado únicamente para mantener viva la memoria de la historia.

El estadio Olímpico se construyó para albergar los Juegos Olímpicos de 1916, que finalmente no se pudieron celebrar por la Primera Guerra Mundial. Por lo tanto, no fue hasta 1936 que Hitler pudo utilizar las Olimpiadas de Berlín como el instrumento más grande de propaganda que se recuerda, a pesar de las míticas victorias de Jesse Owens.

http://en.wikipedia.org/wiki/1936_Summer_Olympics


El complejo deportivo se completa con las piscinas olímpicas (en un deficiente estado de conservación) y el Langemark Halle, presidido por la inmensa torre del campanario, de 77 metros de altitud. http://berlinerunterwelten.de/es/002/d/dat_olympiastadion/content.htm

Se podría esperar que un lugar como este tuviera un museo. En su lugar, encontramos la tienda de merchandising del Hertha Berlin, el equipo de la ciudad, con un nivel deportivo mediocre, que ni siquiera le permite haber jugado la Copa del UEFA los últimos años. El Museo se halla al aire libre: las esculturas “Los lanzadores de disco” y “los relevistas” dan una imagen solemne y bélica, de acuerdo con las instrucciones de sus promotores. A la vez, existen unos pequeños monolitos que recuerdan los atletas alemanes que consiguieren la medalla de oro en cada uno de los Juegos Olímpicos.

En concreto, el monolito que conmemora los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976 es el que contiene la figura de un ciclista en la piedra. Se conmemora de esta forma las medallas de oro que consiguieron los atletas de la República Federal Alemana en esos Juegos Olímpicos, que fueron Gregor Braun, medalla de oro por partida doble, en persecución individual y en persecución por equipos, junto con Hans Lutz, Gunter Schumacher y Peter Vonhof, así como los regatistas de vela Frank Hubner y Harro Bode (Categoría 470), así como los hermanos Jörg y Eckart Dietsch (categoría Flying Dutchman).

El estadio Olímpico de Berlín, por tanto, es de obligada visita. Y no sólo para los italianos, con lo que les gusta mitificar lugares. Está claro que para ellos este estadio será siempre donde Italia consiguió la Copa del Mundo de 2006. Escuchar a sus jugadores cantar el himno de Italia poco antes de jugar la final ante Francia pone los pelos de punta.

lunes, febrero 18, 2008

Fin de semana en las Ardenas

(Publicado en el numero 20 de la revista Pedalier)

Cuando uno se acerca de nuevo a Bélgica habiendo corrido el Tour de Flandes puede pensar que le queda poco por descubrir. Flandes, los muros, el pavés, la pasión... Pero en la Bélgica francófona, en las montañosas Ardenas, también hay otra gran clásica. ¿Otra gran clásica? No, no, la “otra” es el Tour de Flandes. Estamos hablando de la Lieja Bastogne Lieja, de la Decana, de la carrera de un día más bella del mundo, de la clásica más montañosa, de la carrera que no vio un triunfo español hasta el año 2006 con Valverde.

Qué menos que hacer dos días ya que uno se acerca a las Ardenas. Y el primer día podíamos hacer un montón de cosas interesantes. Por ejemplo el Muro de Huy, final de la Flecha Valona desde 1985. Y así completar el fin de semana completo en las Ardenas. De hecho la Flecha Valona el sábado y la Lieja Bastogne Lieja el domingo componían el Fin de Semana de las Ardenas, que se corrió como una prueba conjunta (con clasificación general sumando las dos pruebas) de 1950 a 1964.

Puesto que estábamos alojados en las inmediaciones de Namur, la salida del primer día empezó por la subida a la Ciudadela de Namur, subida empedrada que se hizo conocida en el mundillo ciclista en el Giro de 2006 cuando una de sus etapas terminó allí. En un día lluvioso (cómo no, ¡esto es Bélgica!) ganó el alemán Schumacher delante de nuestro Chechu Rubiera, que tan bien se siente cuando llueve. La Ciudadela y el Castillo de Namur merecen sin duda una visita. La panorámica desde allí sobre el río Mosa es espléndida.

El recorrido que planificamos continuaba dirección sur por el curso del río Mosa desde Namur, pasando por las localidades de Lustin, Yvoir (donde se celebró el Mundial de Ciclismo del año 1975 con victoria del holandés Hennie Kuiper) o Dinant, una preciosa ciudad con una gran oferta de turismo fluvial, una preciosa colegiata y otra ciudadela en lo alto de la ciudad, a la que se accede a través de un teleférico.

Durante el recorrido subimos verdaderos muros totalmente desconocidos, como el Triple Mur de Monty (1,9 km al 9% de media y 21% de máxima, desde Lustin), La Gayolle (1,7 km al 9,5% de media y máxima del 19%, desde Yvoir) y la calle Montagne de la Croix (1,5 km al 9,9% y máxima del 23%, en Dinant). Ese mismo día nos acercamos también a conocer in situ el Muro de Huy (1,3 k n al 9,8% de media y 19% de máxima). La carretera, repleta de “Huy” pintados en el suelo como seguramente recordareis. Sin embargo, lo que es imposible apreciar por la televisión cuando vemos el final de Flecha Valona, es que a lo largo de la subida, al lado de la carretera, hay siete capillas, que representan los siete dolores de la Virgen. Pues sí que son religiosos estos belgas…

Estuvo toda la noche lloviendo y de madrugada no parecía que la cosa fuera a parar. Sin duda íbamos a tener una Lieja pasada por agua. La Lieja Bastogne Lieja en realidad, en su versión cicloturista, se convierte en la Tilff Bastogne Tilff. Los mismos organizadores que el Tour de Flandes, el hecho de tratarse de su trigesimo sexta edición y una participación de más de 8.000 cicloturistas en 2006 eran un sello de calidad en la organización y una garantía de que podía ser una gran marcha.

Existen tres opciones. Hacer la marcha completa, con 226 km, hacer la mediana, de 127 km (que al final se convirtieron en 137) y la corta, de 67 km. En todos los casos se trata de marchas sin tiempo, con salida libre. Pero entre más de ocho mil participantes, hay gente de todos los niveles, eso seguro. El que quiera correr aquí puede hacerlo, y el que no quiera correr tanto y disfrutar de las cotas se encontrará en su ambiente.

Igual que ocurre con la versión profesional, en la marcha cicloturista el recorrido no es siempre el mismo. Las cotas en los alrededores de Lieja son numerosísimas y las posibilidades son múltiples. De hecho es un aliciente para volver el hecho de poder encontrarse con recorridos diferentes. Pero nosotros queríamos aprovechar el tiempo y hacer algunas subidas que no estaban incluidas en el recorrido de este año.

Qué fácil es planificar sobre un papel, y cuántos kilómetros se hacen sobre un mapa, ¿verdad? Dijimos que haríamos la marcha mediana, con dos “excursiones” fuera de la marcha. La primera era la Cote des Hezalles, desde el pueblo de Trois Ponts, con el aliciente de ser un muro terrible que se dice que llega al 30%, y una segunda excursión a la Cota de Stockeu, donde el mítico monumento a Merckx. Pero no solo eso; estábamos dispuestos a continuar la marcha, tras la llegada a Tilff, y seguir hasta Lieja por las famosas Cotas de Sart Tilmant y San Nicolás, incluso la Cota de Ans y llegar a la meta donde llegan los profesionales. Qué bonito que es todo sobre un mapa…

Ya de regreso a la realidad, estaba claro que nos mojábamos. Por supuesto, a pesar de la molestia que para nosotros suponía la lluvia, allí nadie le daba la más mínima importancia y nadie se planteaba no hacer la marcha. Es lo más normal del mundo en Bélgica.

Una vez llegamos a Tilff sorprende el hecho de encontrar aparcamiento tan cerca de la salida en una marcha de estas dimensiones. Es lo que tiene hacer una salida escalonada. Se evitan los atascos monumentales, y ¡también se evitan madrugones monumentales!

La primera cota de la marcha es la Côte de Oneux, desconocida para nosotros pero muy dura, con rampas máximas del 17%, lo que se dice “para ir abriendo boca”. Después, no hay un metro llano. La siguientes cotas son Werbomont y L’Ancienne Barriere, muy diferentes de Oneux, puesto que se trata de cotas largas (ambas de seis kilómetros) pero en absoluto duras. No para de llover, aunque tampoco es una lluvia torrencial. Basta para molestar, empaparnos y hacer que las bajadas se tomen con mucha prudencia.

Al llegar a Trois Ponts y ante la incesante lluvia decidimos dejar Les Hezalles para otra ocasión y empezar directamente el ascenso a la Cote de Wanne. Al llegar arriba, después de una ascensión no demasiado dura, nos decepciona el hecho de que no haya ni siquiera un cartelito indicando que esa es la Cote de Wanne. La mítica Cote de Wanne donde todos los años se inicia el tramo decisivo de la Lieja Bastogne Lieja...

Descendiendo hacia Stavelot parece que el día se aclara un poco, y esta vez no pasará como en Trois Ponts. Hay que llegar a uno de los lugares de peregrinaje dentro del mundo del ciclismo. Hay que ver y fotografiar el monumento a Merckx en la cota donde atacaba siempre y empezaba a fraguar sus victorias. A llegar a Stavelot el monumento a Merckx está perfectamente señalizado (“Stele Merckx”) y ahí nos dirigimos.

Después de poco más de un kilómetro de subida muy dura (más del 11% de media con rampas del 21%) y justo a la salida de un espeso bosque, escondido, a la derecha, queda el relieve de Merckx sobre la piedra. Cuando llegamos al monumento a Merckx, y después de las fotos de rigor, uno no sabe muy bien qué hacer. Tocar la figura del belga, alabarlo... Uno todavía contiene la emoción de haber visitado un lugar único en el universo del ciclismo. Los años pasarán, Merckx se irá, y su monumento seguirá allí, aguantando a menudo la lluvia, en la soledad de la montaña, recibiendo la visita de gente que leyó la historia del ciclismo.

Debo decir que no fuimos los únicos en subir hasta allí. Varios ciclistas (algunos con el dorsal de la TBT, otros sin él) se retorcían en las rampas de Stockeu y llegaban a rendir su homenaje al más gran ciclista de todos los tiempos.

Después de visitar el monumento, llegar hasta la cima de Stockeu no tiene más valor. Coronamos y media vuelta. De regreso hacia Stavelot nos reenganchamos a la marcha y aún queda casi la mitad… En seguida subimos Amermont, con rampas de nuevo al 21%. Allí encontramos a un par de catalanes que vienen de la larga (¡salían entre 5 y 7 de la mañana!). Después pasamos muy cerca de Francorchamps (donde está el circuito belga de Formula 1), subimos col du Rosier y por fin unos cuantos kilómetros llanos hasta llegar al avituallamiento de Aywaille.

Después de comer un poco, el paso de los kilómetros se empieza a notar y al llegar a Remouchamp uno teme las rampas al 20% que se anuncian en La Redoute. El principio es exactamente como había imaginado, como vemos en la tele cada año: discurre al lado de la autopista y la carretera se va empinando. Había un montón de autocaravanas en las cunetas, aunque supongo que algunas menos que el día de la carrera profesional… Justo antes de empezar lo más duro vemos a la derecha el pequeño monumento erigido por el Pesant Club Liegois, en cuya inscripción se puede leer: “Aquí los más grandes campeones ciclistas forjaron sus victorias en la Lieja-Bastogne-Lieja”. Evidentemente la foto allí también es obligada. Las rampas, durísimas, de La Redoute, las subimos ya con todo sabedores de lo poco que queda para acabar.

Ya sólo falta la Cota de Sprimont o de Hornay para llegar a la meta. Al final, 140kilómetros y 2.410 metros de desnivel. Los pies todavía mojados. Me parece que Sart Tilmant y San Nicolas tendran que esperar para otra ocasión. Acabamos satisfechos y recogemos el fruto de nuestra inscripción: diploma auto-rellenable, camiseta TBT, medalla, el maillot-souvenir... Un buen puñado de recuerdos de una marcha que sin duda vale la pena.

Acabamos satisfechos, como decía, pero con la sensación de que aún nos quedan tantas cosas por hacer. Nos quedó por visitar el monumento a Stan Ockers en la Cote des Forges (ganador de la Lieja en 1955 y fallecido en el Velódromo de Amberes un par de años más tarde), nos queda subir la terrible Cote des Chambralles (con rampas al 20%), que se subió en 1989, el famoso año que a Perico sólo le faltó desarrollo para ganar, nos queda subir a Les Hezalles… Y encima nos lo ponen fácil. Los mismos organizadores han creado otra prueba, “Los Gigantes de las Ardenas” con 20 cotas, que, esta vez sí, incluyen lo más selecto de lo más duro que hay en las Ardenas. Una buena excusa para regresar. Como puede ser también la Steven Rooks Classic, que también recorre las Ardenas, pero desde Maastricht, e incluye la citada Cote des Forges, o la Clásica de las Ardenas, desde Soumagne, la Claude Criquielion, desde La Roche en Ardenne y por supuesto la Gran Fondo Eddy Merckx, desde Hamoir. Oportunidades no faltan para el que quiera volver.

Después de estar un par de días allí, es una lástima pensar que en las Ardenas se escribieron páginas tan terribles de la segunda guerra mundial. Un montón de monumentos a pie de carretera recuerdan la tragedia que supuso esa guerra para tanta gente de allí. También vale la pena visitarlos.

Pero, puestos a sentir emociones y evocar el pasado, prefiero hacerlo delante del monumento a Merckx, por siempre el más grande. El también debería salir en los libros de historia.

jueves, febrero 07, 2008

Las clásicas, las raíces del ciclismo

(Publicado en el n.20 de la revista Pedalier)

Yo empezaba a montar en bici con mi club, el Sant Andreu. Entonces todavía llovía por aquí de vez en cuando. Cada vez que empezaba a llover, pasaba a la cabeza del grupo y gritaba “!clásica belga!” y pegaba un tirón, a ver quién me seguía. Mis colegas odiaban la lluvia y solo faltaba que yo anduviera jugando y pidiendo al cielo más agua. Eso era hace muchos años, cuando todavía no pretendíamos correr como profesionales, hacíamos las marchas sin mirar el reloj y parábamos a almorzar (snif). La Vuelta se corría en el mes de abril (¿os acordáis?). Los profesionales debían elegir entre correr la Vuelta o hacer las clásicas del mes de abril. Tiempos en que el dopaje no era la noticia de cada día.

Por supuesto los belgas y los italianos no venían a la Vuelta. Nosotros no entendíamos (y muchos siguen sin entender) que existieran ciclistas con una clásica como único objetivo de la temporada. Ballerini, Tafi o Duclos Lassalle sólo pensaban en la Paris Roubaix, Museeuw en el Tour de Flandes o, antes, Argentin en la Lieja Bastogne Lieja. Muchos iban, y ahora siguen yendo, a Bélgica el mes de abril completo a hacer desde la Het Volk hasta la Amstel Gold Race pasando por Roubaix, Gante-Wevelgem, Tour de Flandes, Flecha Valona y Lieja. Todas las clásicas, una tras otra, peinando muro tras muro todos los pequeños desniveles y adoquines que hay en el norte de Francia y Benelux.

La longevidad de muchos clasicómanos (fijaros hasta qué edad corrieron todos los que he citado antes) alimenta mi ilusión de que mejorando año tras año, un día andaré un poquito en terreno llano, y podré seguir la rueda de los culos gordos del centro de Europa. Bendito sea este deporte, que nos hace más fuertes cuanto mayores somos. Más edad y más experiencia para soportar la dureza de los adoquines. Anacronismos como la Paris Roubaix sólo tienen sentido porque suponen un nexo de unión entre el ciclismo histórico y los tiempos modernos. Incluso el paso a nivel cerrado cerca de Roubaix hace un par de años supone un aliciente más.

Compartir la carretera con otros 15.000 cicloturistas da una idea de la dimensión que un Tour de Flandes, por ejemplo, tiene allí. En Bélgica no tienen el síndrome de nuevos ricos que padecemos por aquí. Ves cada bici, cada maillot y cada accesorio que aquí provocaría carcajadas. Allí simplemente forman parte de una manera de vivir, por el deporte, y no confunden el fin con el medio.

Las clásicas, el norte de Europa, el pavés, el aire, la lluvia, el frío. Y a pesar de todo tan seductoras. Las clásicas son el ciclismo en esencia. Además de piernas y pulmones intervienen habilidad, colocación, suerte, equipo.¡Qué cantidad de variables hay que despejar para poder dar con el ganador de una clásica! No existe mañana, no hay que dosificar, no siempre gana el mejor.

No es casual que la feliz definición de “monumentos ciclistas” no se refiera a las grandes Vueltas, sino a las grandes clásicas. La historia del ciclismo, centenaria ya en muchos casos, se ha escrito en el Poggio di San Remo, en La Cipressa, en el Muro de Grammont, en el Bosque de Arenberg, en La Redoute, pero también en Cauberg, en Huy, en el Koppenberg, en Stockeu y por supuesto en la Madonna del Ghisallo. Para un mitómano como yo, todos ellos son destinos de culto y peregrinaje. Placas, monumentos y museos adornan esos lugares y estimulan mi curiosidad y mis ganas de acercarme a conocerlos. Por eso no entiendo que en la era de los vuelos de bajo coste sólo unos pocos cicloturistas de este país nos acerquemos a descubrirlos.

Quién me iba a decir que años más tarde de gritar “clásica belga” cuando empezaba a llover, iba yo a correr la Lieja Bastogne Lieja o que subiría el durísmo Koppenberg en el Tour de Flandes. Disfrutando de momentos irrepetibles, parando a hacer fotos en lugares míticos sin las prisas de una marcha con tiempos. Subiendo dos veces el Muro de Gramont porque en la primera alguien se bajó delante de mí. Otra vez se trataba solamente de disfrutar sin mirar el reloj.

¿Por qué no echamos marcha atrás unos años? Cuando llovía, cuando no existían pinganillos y cuando el dopaje no era el pan nuestro de cada día. Y para el futuro, me seduce mucho más la versión profesional de la Eroica que la Vuelta a China. Basta de evoluciones forzadas e intereses comerciales. Volvamos a las raíces del ciclismo.

viernes, febrero 01, 2008

Un reto para toda la familia


Cuando uno descubre qué es la Viano Family Challenge se da cuenta que es un sueño participar en ella. No es solamente un evento deportivo en el que puede participar toda la familia, es un motivo para entrenar conjuntamente, un punto de referencia común por el que luchar. ¿Qué necesitas para poder participar en ella? Pues básicamente ser una familia deportista y con espíritu aventurero, con dos hijos entre los 7 y los 14 años, saber un poquito de inglés, y que los dos mayores tengan carnet de conducir. Con eso y un poquito de suerte podeis vivir una experiencia inigualable como ésta.

Una excusa para promocionar una gran furgoneta-monovolumen como es la Mercedes Viano, se convierte de esta manera en un gran objetivo en sí mismo, capaz de congregar a 24 familias de toda Europa: alemanes, austríacos, daneses, italianos, checos, españoles… Equipos de toda Europa representan a las revistas que los han seleccionado y que coesponsorizan la competición. Nosotros representábamos a “Muy Interesante Junior”, mientras las otras revistas españolas eran “Viajar”, “Ser Padres” y “Jetix”.

Esta era la cuarta edición de la Viano Family Challenge. La primera edición de celebró en Cortina d’Ampezzo (Italia) en junio de 2004, la segunda en Mallorca, la tercera edición se disputó en Alemania y esta cuarta volvía a España y se disputaba en los alrededores de Cádiz, a principios del mes de Octubre, asegurando con estas fechas el buen tiempo que finalmente nos acompañó.

Toda la organización es perfecta. Desde el momento en el que se nos comunicó que estábamos seleccionados para participar en la Viano Family Challenge 2007, ningún detalle quedó por atar. Los billetes de avión para todos, las tallas de cada una de las prendas que nos iban a facilitar, la presentación de todas las familias participantes en la página web del evento, la Mercedes Viano que nos prestaban a nuestra llegada al Aeropuerto de Málaga…

La cantidad de obsequios de la organización a los participantes es otro aliciente más. Polos, camisetas, pantalones, un polar, un saco de dormir, mochilas, incluso una parka de invierno (todo de la espléndida marca alemana Jack Wolfskin) son recuerdos que la organización obsequia a los participantes. Una pequeña lotería, aunque sin duda el gran premio de una competición como ésta es la experiencia en sí.

Pero vayamos por partes. Empecemos por el principio. La llegada al hotel NH Sotogrande da inicio a un largo fin de semana muy intenso. Un hotel precioso que estaba ocupado exclusivamente por la gente de la Challenge: un verdadero lujo. Mientras recogemos la ropa, los chalecos y los remos para la prueba de canoa, observamos con quien vamos a tener que competir. Ahí empezamos a darnos cuenta de cómo son nuestros rivales: familias con más altura, más “anchura” (vaya brazos se veían por ahí…) y en general un aspecto de deportistas multidisciplinares que nos dio qué pensar. Mientras, los españoles éramos más normales. No había superatletas como entre los alemanes, éramos simplemente familias con ganas de pasarlo bien. ¿Pretenderán los demás lo mismo? Lejos de intimidarnos, hay que mantener el ánimo alto, que los peques pretenden ganar!!!

La cena de presentación se hizo en el Club de Golf Sotogrande, como probablemente sabéis, una de las urbanizaciones más prestigiosas de toda España.. Ahí se presentó a los miembros de la organización, y también a cada equipo, al tiempo que se nos entregaban los petos de competición, y descubríamos cual iba a ser nuestro número de la suerte, el 15.

Por la mañana, el despertador bien prontito puesto que teníamos una agenda muy apretada. Tras un pequeño desplazamiento ayudados por nuestro road book, llegamos a la primera actividad de día: el tiro con arco. Posteriormente nos acercamos a la finca Experience, donde tenemos otra prueba, la spiderweb o tela de araña, una prueba bastante sencillita en la que unicamente estaban en aprietos las familias con niños de pequeña estatura (como era nuestro caso!!!). En seguida, directos hacia la prueba de escalada, donde teníamos que escalar, pasar un puente tibetano y acabar con un rappel. Todo ello en un entorno espectacular, y con unos medios audiovisuales impresionantes (grúa de filmación incluida) para dejar constancia de la belleza de la prueba.

A continuación, una de las pocas puebas no físicas: teníamos que pintar una Mercedes Viano junto con otra familia, y someternos al final al veredicto de un jurado que calificaría nuestras habilidades artísticas. La comida, en un precioso cortijo andaluz, no es más que un breve paréntesis en la competición puesto que rápidamente debemos trasladarnos hasta la playa, donde tendrá lugar la Olimpiada familiar, con juegos en la arena: tirar de la cuerda una familia contra otra, carrera de sacos, gymkana al lado del mar… Toda una serie de competiciones que nos dejaron agotados y a punto para la ducha y la cena.

Para dormir, la organización nos había preparado un campamento con todas las furgonetas, que rodeaban las tiendas de campaña donde iban a dormir los niños. Nosotros probaríamos la comodidad de la Mercedes Viano para pasar una noche.

Después de una noche ajetreada (os podéis imaginar el descanso de un grupo de 10 nuños durmiendo en una misma tienda, no?) vuelta a la carga. Nos espera otro día lleno de emociones.

Empezamos con la carrera de canoas, en el Embalse de Almodóvar. Todo el tiempo acarreando la canoa en el techo de la furgoneta y por fin íbamos a darle una utilidad. Una breve explicación por parte de los instructores y la carrera comienza ya!! Todo el entrenamiento en kayac del verano pasado en el Pantà de Boadella no iba a servir de nada, puesto que en lugar de competir en un manejable y ligero kayac estábamos compitiendo en una canoa enorme de 4 plazas que no conseguíamos que avanzara en línea recta. Un verdadero desastre que nos hizo quedar antepenúltimos. Definitivamente no teníamos suerte… Sólo nos quedaba esquivar la última posición para mantener el orgullo a salvo!!

A continuación, nuevo desplazamiento en furgoneta y tendríamos que calzarnos los pies de gato y mostrar nuestra habilidad en la escalada deportiva. Uf, totalmente nuevo para nosotros! Con más pena que gloria pasamos el trámite mientras admiramos la habilidad de varios equipos del norte de Europa.

Después de la comida, de nuevo a la playa (en esta ocasión a la playa de Tarifa) donde íbamos a competir con la permanente visión del norte de Africa y de montones de cometas de kitesurf que disfrutaban de una playa preciosa, lugar de peregrinaje de los surferos de todo el mundo.

Ahí tendríamos uno de nuestros momentos de gloria, en la competición que compartirmos con uno de los equipos alemanes. Con ellos debíamos montar una balsa (con los utensilios que la organización nos proporcionaba), salir al mar hasta alcanzar una boya, regresar y desmontar la balsa de nuevo. En esta prueba conseguimos la victoria ante otros 3 equipos y de esa manera sumamos unos buenos puntos que nos librarían de la última posición…

El último día por la noche, entrega de premios. Quizás el premio más importante era el premio al Mejor espíritu de equipo, que finalmente obtuvo una familia alemana. Todos tuvimos nuestra recompensa y los niños pudieron cambiar las bolas que obtenían en cada prueba por más regalos. Yo sufría por si íbamos a poder meter en el avión todo lo que nos habían obsequiado...

No sé si he conseguido reflejar sólo un poco la ilusión con la que hemos vivido esta experiencia. ¿Perfecta? Pues muy, muy cerca. Es posible que introduciendo pruebas de tipo aeróbico (pruebas de resistencia a pie o en bicicleta) las distancias se recortaran entre las familias anglosajonas y las mediterráneas. Pero tal como las pruebas están diseñadas, los mediterráneos estábamos en franca desventaja. Ese es el único pero que le puedo encontrar. Por todo lo demás, un 10 a Mercedes, al equipo que organizó todo, a los lugares donde competimos y donde comimos.

Si el deporte y la aventura marcan tu vida, ésta es definitivamente tu aventura. Austria 2008 os espera!!

Pincha aqui para obtener información!

domingo, diciembre 09, 2007

El Circo de Navacelles

(Publicado en el n. 19 de la revista pedalier)


(Fotografia: Sergio Ros)

« Circo grandioso en el corazón de las gargantas del río Vis que separan la meseta de Larzac de la de Blandas, Navacelles corta el aliento a quien lo descubre de súbito, con una falla vertiginosa que abre la meseta al silencio y al infinito … » - Max Chaleil

En ocasiones la naturaleza nos sorprende. Aunque seamos amantes de la montaña y de los ríos, aunque estemos acostubrados a explorar cañones y gargantas naturales, descubrir un circo natural con un anfiteatro espectacular, en un antiguo meandro abandonado por un río, es un hallazgo que merece la pena compartir.

Probablemente sea un paraje poco conocido por el turista extranjero, pero al igual que otros sitios célebres de la zona de las Grandes Mesetas Calcáreas, el Circo de Navacelles es visitado anualmente por cientos de miles de turistas, que llegan para admirar los cortados del cañón del río Vis. No en vano, se trata de un lugar declarado como Gran Site National, una lista de grandes atracciones turísticas francesas, que en muchos casos coinciden con el Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Además del propio entorno natural, hay factores que ayudan a que una excursión sea redonda. Y este fue el caso. La compañía estaba compuesta de otros colaboradores de Pedalier, como Angel Morales y Raul Massagué, además de cracks como Miguel, Carles y José Luis. Este grupo, con pequeñas variaciones, se ha especializado en salidas a la vecina Francia entre semana, que garantiza el poco tráfico, el buen nivel y, por supuesto, el buen ambiente. En esta ocasión, además, nos acompañaba Sergi Ros, con lo que un magnífico recuerdo de la jornada estaba asegurado.

La naturaleza

Estamos frente a un espectáculo natural. Al fondo del cañón, 300 metros más abajo que la meseta, el río Vis cae en cascada hacia Navacelles. El pueblo está colgado entre las rocas respetando un antiguo meandro del río, (ahora campos de cultivos) que rodea un pequeño islote de piedra calcárea. El conjunto está dominado por laderas recubiertas de roca viva, que dibujan un gran anfiteatro, en los que las rocas serían las gradas.

Este circo no es en absoluto comparable con otros circos de la región, como el de Mourèze o el llamado del «Final del mundo», cerca de Lodeve, simples frutos de la erosión. Se trata del cambio de rumbo de un río, típico de los ríos que describen un trazado sinuoso con muchas curvas o meandros. Es el caso concreto del río Vis a partir del pueblo de This y en concreto a partir de la fuente de “La Foux”. En los meandros del río, la velocidad del agua es desigual con lo que el mismo río cava sus orillas cóncavas y deja los aluviones sobre las orillas convexas donde la velocidad del agua es más débil. El meandro hace un bucle cada vez más cerrado que será finalmente recortado por el río desde su base. Este fenómeno es frecuente: antes del Circo de Navacelles, otros tres meandros abandonados, incluido el de Vissec, se pueden ver a pocos kilómetros...

Por otra parte, es posible saber la edad de intersección del meandro. El estudio de las huellas de hojas que se encuentran en el lugar, con el método del Carbono 14 sobre muestras tomadas cerca de Madières, datan estas huellas hacia 6000 años de antigüedad; es decir después del período frío de la era cuaternaria. Con lo que llegamos a la conclusión que solamente hace algunos miles de años que el río Vis acabó su trabajo de zapa para encontrar un curso más directo.

En bicicleta

Como acabamos de ver, el complemento ideal a la visita del Circo de Navacelles es el paso por las Gorges de la Vis. De hecho en un bucle de 32 kilómetros se puede completar un recorrido que comienza y termina en Sant Maurice de Navacelles, e incluye el paso por las Gorges de la Vis, magnífico, Madieres, Rouges, Blandas, Navacelles y Saint Maurice de nuevo.


Ver mapa más grande

Es posible hacerlo en los dos sentidos. Ambos preciosos. Nosotros lo hicimos en sentido Gorges de la Vis- Blandas-Saint Maurice de Navacelles, puesto que buscábamos dureza y los tres kilómetros de acceso a Saint Maurice de Navacelles desde el fondo del circo son realmente duros, a una media del 8,5%.

Desde Blandas accedemos quizás al mirador principal del circo (Belvedere de Blandas). Desde ahí es posible ver no sólo el centro del circo con Navacelles al fondo, sino también la carretera que asciende por la ladera contraria. Después de un par de curvas de herradura espectaculares (cartel del 10% de desnivel incluido), la carretera no va a buscar directamente la base del cañón, donde está el pueblo, sino que se desplaza hacia la derecha para vencer en siete kilómetros el desnivel que le separa de Navacelles. Desde el mirador sí que es posible, como digo, ver la carretera que sube hacia la otra vertiente, la dura, puesto que vence el mismo desnivel en unicamente tres.

Esos tres kilómetros se enganchan de verdad. Menos mal que al quedar en la sombra, no debemos soportar el castigo adicional del sol. Al coronar, existe, cómo no, otro mirador, el Belvedere de La Baume-Auriol, donde hay un bar, con una espléndida terraza incluida. Lugar ideal para, de nuevo, obsequiarnos la vista con el anfiteatro contrario iluminado y Navacelles, de nuevo, en la base. Justo enfrente, a la misma altura, identificamos claramente el Mirador (Belvedere) de Blandas.

El día que visitamos el circo encontramos un viento muy fuerte que incomodó en muchas ocasiones la andadura, pero a la vez nos permitió un sol radiante que acentuaba los colores y los contrastes del circo, especialmente la carretera de la vertiente norte, que quedaba en la sombra, mientras al fondo, iluminados por el sol, destacaban los campos cultivados en el antiguo meandro que forma el circo.

Una primera intención fue combinar este bucle con el espectacular Viaducto de Millau, pero se nos escapaban un poco los kilómetros totales y decidimos combinarlo con con el desconocido Mont Saint Baudille, un monte que corona el Col du Vent, visible desde muy lejos por las antenas que hay en su cumbre. Un punto de referencia de la zona que nos ofrece gratas sorpresas en forma de un kilómetro entero al 12% de media, justo a punto de coronar…

Como suele ocurrir cuando sopla el viento, el aire que tantos kilómetros sopló a la ida en nuestra contra, no terminaba de soplar de espalda a la vuelta, de regreso al pequeño pueblo de Jonquiéres, punto de partida y de llegada, para culminar más de 100 kilómetros de carreteras poco conocidas y poco transitadas. Sin embargo, ni siquiera el aire puede empañar lo más mínimo una jornada completa, que desde aquí recomiendo sinceramente.

A los circos pirenaicos de Gavarnie y Troumouse, mucho más conocidos por nosotros los escaladores, les ha salido un duro competidor: el Circo de Navacelles.

jueves, noviembre 15, 2007

El viaducte de Millau


le viaduc
Cargado originalmente por S. Lo
No em direu que després de veure aquesta foto no sentiu necessitat de visitar aquesta preciositat...
Punt de partida de la sortida en bicicleta que faré el 2008 pel Massís Central, en què sortint de Millau, i passant per Mende, Le Puy en Velay, Saint Flour i Aurillac, tindrà com a final Clermont Ferrand i el mític Puy de Dome.

domingo, octubre 28, 2007

Buscando otros límites

Me costó más de 3 años decidirme a participar en el Duatló d’Alta Muntanya de Catalunya. Si una cosa tenía clara es que a una prueba de esta índole hay que llegar preparado. Seguramente como a casi cualquier prueba exigente de cualquier deporte. Pero no sé por qué le tenía un especial respeto a esta prueba. Sin duda no se trata de un simple duatlon de montaña. Subir al Puigmal, a 2.900 metros a finales del mes de Octubre seguramente tiene que ver con el canguelis que llevaba encima. Además, por supuesto, de que me estaba alejando de mi habitat natural, la carretera, buscando otros límites a los deportes (y sufrimientos) ya conocidos.

Yo creo que nunca me había puesto tan nervioso antes de una marcha cicloturista. Las dudas sobre indumentaria y, sobre todo, sobre mi estado físico después de que la semana anterior un problema muscular hubiera cuestionado mi participación, incidían sobre mi estado de nervios.

Y sin embargo la preparación había sido, cuando menos, correcta: Canigó, Matagalls y Turó de l’Home, habían caído mitad a lomos de mi sencilla GT, mitad a pie, corriendo cuando podía, andando la mayoría de las veces. Precisamente por eso, la idea de no poder tomar la salida, e incluso de no poder terminar la carrera, me suponía una verdadera pesadilla. Tanto tiempo invertido entrenando no podía quedarse en nada en el último momento.

La noche anterior a la prueba, todo eran dudas. ¿Coulotte? ¿Mallas? ¿Pierna corta o larga? ¿Bambas de running de asfalto o bota de trekking? ¿maillot con manguitos o chaqueta de primavera? ¿Quizás de invierno? ¿Gorra para correr a pie? ¿Buff? Esto debe ser bastante parecido a la elección de neumáticos en una carrera de motos...

Finalmente suena el despertador y hay que tomar decisiones: mallas largas, guantes largos pero no de pleno invierno y chaqueta de primavera. Más tarde podría tomar la decisión del calzado en la zona a pie, puesto que en la bolsa metí las dos opciones: botas de trekking y deportivos... La jornada se preveía fría, pero el día claro, con lo que nos podíamos sentir afortunados. Íbamos tener buenas vistas desde lo alto, lo que no sabía es que no tendría ni un minuto para disfrutar de ellas.

A pesar de tener el hotel a menos de 300 metros de la salida, nos presentamos a última hora y estamos bastante retrasados, un poco por el miedo de coger frío mientras estamos esperando la salida. Finalmente se da inicio a la prueba y los primeros salen como si esto fuera al sprint. El tramo en bicicleta no tiene nada técnicamente. Es una pista amplísima, incluso al principio asfaltada. Este año, además, el hecho de estar de obras en el tren cremallera de Nuria hizo que la pista, muy transitada por camiones de gran tonelaje, fuera recubierta de grava, compactada con el paso de los camiones. Unicamente los últimos kilómetros eran propiamente de tierra, siempre en una pista muy ancha. A esas alturas ya se estaba separando el grano de la paja y toda la gente se iba poniendo en su sitio. Al llegar arriba, después de subir guardando fuerzas todo el tiempo, nos tomamos nuestro tiempo en realizar la transción. El calzado que elijo finalmente es la bota de trekking. Sabia decisión como comprobaría más tarde.

El tramo a pie es realmente duro. Para los que no conocíamos la subida al Puigmal, quizás especialmente duro. La subida consiste en varios collados cuyo acceso es cada vez más complicado y con mayor desnivel. La subida es totalmente despejada, entre prados, por lo que no resulta difícil adelantar a otros competidores recortando las curvas del sendero marcado. Aunque lo normal es seguir a los que llevas delante. Todo el mundo va andando. La velocidad es constante y únicamente, de tanto en tanto, hay alguien que para a respirar y así aprovecha para mirar hacia abajo y supongo que disfrutar someramente del paisaje.

Por el mismo motivo, el ser totalmente despejada, el viento hace daño de verdad. En varias ocasiones el viento impide literalmente nuestro avance. Llegando arriba, en un paredón realmente duro, la altitud se empieza a notar: sensación de ahogo, pinchazos en el pecho… Después de varios minutos de sufrimiento extremo, diría yo, parece que por fin coronamos. Arriba no hay control de chip, el viento se les llevaría la alfombra!!! Tampoco es el mejor lugar para poner un avituallamiento. Te piden el número, te dan un trozo de barrita energética infumable y para abajo.

Los días anteriores me había planteado el tramo a pie como tres tramos independientes en los que el objetivo era llegar. Coronar el Puigmal era ya de por sí un bonito objetivo y, al tratarse del punto más alto, yo suponía que el final de la dificultad principal. Qué equivocado estaba. El principio del descenso ya deja intuir la dificultad de bajar con nieve sobre un pedregal. Obviamente ahora ya nadie anda. Ha entrado la prisa y todo el mundo corre. ¿Corre? La gente baja buscando apoyos sobre la marcha en los tramos sin nieve. En los tramos con nieve hay zonas que la pierna queda enterrada, mientras en otros tramos la piedra puntiaguda sobresale, ¡os podéis imaginar! ¡Menos mal de la botas! Si voy por aquí con las bambas de asfalto blandas no sé qué huubiera pasado… En los tramos con mayor pendiente las caídas son frecuentes y digamos que la parte donde la espalda pierde su nombre es la más golpeada...

A medida que se va bajando la nieve desaparece y se puede coger más velocidad. A todo esto, ni rastro del dolor de rodilla que me estuvo amenazando toda la semana. Claro que en esta competición el dolor tiene otras prioridades: el frío de las manos, los golpes del trasero, los cuádriceps...

La llegada a Nuria y su avituallamiento es el final del segundo tramo que me había marcado como objetivo. Final de la bajada, fin del sufrimiento de los cuádriceps. Empiezan los últimos cinco kilómetros, que ya me habían advertido que, siendo los de menor pendiente (ni positiva ni negativa) no tenían nada de fácil. Correcto. Ahí se encuentran los únicos tramos donde se puede correr un poco, donde el entrenamiento puede servir de algo. Ahí sí que me marco como meta llegar a Fontalba. No digo apretar porque todo el duatlón lo hice en el modo “sufrimiento casi agónico”, por tanto no podía apretar más, pero sí me planteaba simplemente llegar a Fontalba. A falta de aproximadamente un kilómetro ya se vislumbran los boxes en la ladera de enfrente. Sólo un poco de sufrimiento y ya está. Aún me da tiempo de ver un par de buenos trompazos de alguno que me pasa, aunque la verdad es que a estas alturas se producen muy poquitos adelantamientos.

La transición resulta muy lenta en mi caso. Aunque había pensado en bajar con las botas de trekking y no cambiarme las zapatillas de BTT, decido no arriesgarme a algún susto y calzarme las botas. Con amenazas de rampas mientras las coloco... Más tiempo perdido en la transción.

Luego, efectivamente, los últimos 11 kilómetros ya no significan nada. Bajada constante nada técnica y con el único peligro de la velocidad entrando en la curvas. Es el único momento en el que puedo disfrutar muy por encima del paisaje.

Llego con 4 horas y 20 minutos, por encima de las previsiones, aunque francamente satisfecho, sobre todo por haber superado los momentos difíciles y por no haber tenido problemas físicos. Bajo mi punto de vista, el esfuerzo global de una prueba así es inferior a una Quebrantahuesos o una Bonaigua, puebas de carretera de unos 200 kilómetros y unas 7 horas de esfuerzo, pero la exigencia física general es mucho mayor en este caso. ¡Me dolían músculos que ni sabía que existían!

Después de tres días, el dolor en las piernas permanece, el morado (¿no es negro?) en los glúteos permanece, pero la satisfacción de haber terminado una prueba muy exigente y tremendamente bella, también. Un reto superado, pero hay que seguir buscando… otros límites.

domingo, septiembre 30, 2007

Chalet de Cortalets , camino al Canigó

Lo más cerca que había estado de la cima del Canigó era en el Col de Mantet, a 1.760 metros. No está mal, pero muy lejos todavía de los 2.784 metros de la cima más alta de los Pirineos Orientales. La emblemática cima de los catalanes, visible desde buena parte de Gerona y también perfectamente visible desde la parte francesa.
Para los que estamos acostumbrados a ir en bicicleta de carretera, a veces eso resulta una limitación. Por eso, por una vez, decidimos coger la Bicicleta Todo Terreno y emprender una aventura doblemente novedosa para nosotros. Por un lado coger la BTT en vez de la flaca y por otro subir a pie al Canigó los últimos cinco kilómetros. El resultado final, una experiencia brutal, un día de deporte espléndido y una espita abierta para seguir intentando aventuras nuevas más allá de la bicicleta de carretera.
De las diversas posibilidades de acceso al Canigó, escogimos la que pasaba por el Chalet de Cortalets. Por un lado porque se trataba de un BIG y por otro lado, porque el acceso a pie a la cima por esta vertiente no tiene ninguna dificultad técnica, factor a considerar para unos novatos como nosotros. La otra vía de ascensión es la que se hace desde el Refugio de Meiralles y tiene algún tramo que sí resulta complicado, como es el paso por la popular chimenea del Canigó.
El principio de la ascensión lo situamos en Prada de Conflent. Desde allí, la vista del Canigó impresiona. No sólo del pico, sino del macizo en global. Y pensar que desde Prada de Conflent hasta a cima nos quedaban más de 2.400 metros de desnivel... pues la verdad que intimida. La previsión del día es subir en BTT desde los 350 metros hasta los 2150 del Chalet de Cortalets, en aproximadamente 30 kilómetros (desnivel medio aproximado de 6%) y una vez allí dejar las bicis y cambiar las botas con calas por botas de trekking más cómodas para poder subir hasta la pedregosa cima del Canigó, a 2784 metros. Para ello, claro, hay que subir con las mochilas y un peso adicional que sin duda se nota con el paso de los kilómetros.
Desde Prada tomamos la carretera dirección a Villerach. La ascensión se hace en todo momento por una pista muy ancha que no tiene ninguna dificultad. Incluso los primeros 10 kilómetros son sobre asfalto y con un perfil básicamente llano, por lo que el desnivel se concentra en los últimos 20. Durante la ascensión vamos encontrando diferentes refugios, como el Refugi de Mas Malet (a 850 metros de altitud, y a los 15 kilometros de ascensión) y el Refuge La Mouline (a 1180 metros, cuando llevamos 20 kilometros). Especialmente difícil resulta el tramo inmediatamente posterior a este último refugio. En el lado positivo destacar que las zonas con mayor pendiente estan parcialmente asfaltadas. Uno no sabe si alegrarse o no cuando llega el familiar asfalto, porque eso significa dureza… Otro factor positivo es que la ascensión, al realizarse en la vertiente norte, se realiza en medio de un bosque que nos protege del sol de primeros de agosto. También hay que destacar que en el principio de la ascensión tenemos unos desfiladeros espectaculares (Las Gorges de la Fou), que, a juzgar por el número de barranquistas que vimos, debe ser un paraíso para los amantes de los descensos de barrancos. ¿Quizás una nueva etapa de nuestro periplo multideportista?
Al coronar el Coll de Prat Cabrera, a 1739 metros el paisaje cambia y adivinamos la cima del Canigó y lo que nos falta hasta llegar a Cortalets. Poco a poco la pista va empeorando. Sigue siendo muy ancha, pero las piedras dificultan mantener un ritmo constante. Por otra parte, debemos concentrarnos en la ruta para obtener siempre la mejor trazada, y eso nos impide disfrutar plenamente del paisaje que se va abriendo a nuestra derecha.
Así llegamos al Coll de Cortalets, una amplia explanada donde confluyen como mínimo cuatro pistas. A la izquierda, con una barrera, está señalizado a 800 metros el Refugio (donde nos dirigimos, aunque resultaran ser casi dos kilometros), más a la derecha está la pista por la que bajaremos y que lleva a Taurinyà. Luego otra pista más estrecha y por fin la que nosotros hemos seguido. Una vez en el Chalet de Cortalets, hay que beber algo, cambiarse el calzado y atar las bicicletas con una cadena.
El Chalet de Cortalets fue inaugurado el año 1899, y se trata de un edificio de grandes dimensiones, con capacidad para 111 personas, guardado y abierto del 15 de junio al 30 de Septiembre. Su explotación corre a cargo del Centre Alpí Frances de Prada-Canigó. No fueron demasiado amables, pero entiendo que no guarden las bicis ni se les pueda dejar unas bolsas a su cargo. Si todos hiciéramos lo mismo, en lugar de bar-restaurante sería una guardarropía…
Tuvimos la suerte de que el día que elegimos para subir al Canigó se celebraba una randonée desde Vernet les Bains, por lo que toda la ascensión estaba perfectamente señalizada. Se trata de 5 kilometros a un desnivel medio del 12,7%. A pesar del tramo subido en BTT, en el grupo estamos muy enteros y subimos a buen ritmo, andando rapidito y recortando algunas curvas, pero de subida no es posible correr…
La llegada a la cima del Canigó, pues la verdad es que fue muy emocionante. El día, espectacular, permitía una vista excepcional. Apenas un poco de aire, qué menos a 2784 metros. Arriba, vale la pena disfrutar del momento, pararse a haceruna fotos, indagar la identidad de todas las cimas vecinas (gracias a la tabla de orientación existente) y echar unas risas. La bajada a pie hasta Cortalets la hacemos andando rápido, corriendo a tramos… y sprintando al final. La recompensa ya la habíamos obtenido llegando arriba, pero el puntillo competitivo ahí estaba.
La bajada por la pista de Taurinyà es realmente infame. El estado de la pista es terrible y no podemos coger velocidad, so pena de asumir grandes riesgos. Suponíamos que la pista de Taurinyà sería una manera de bajar más rápido, pero no fue así. Un consejo para aquellos que os animéis a hacer esta salida: regresar por el mismo sitio que subisteis. A la llegada al asfalto aprovechamos para apretar un poquito y pasamos a toda velocidad por la abadia de San Miquel de Cuixà, una de las joyas del románico catalán. Habrá que volver en otra ocasión para visitarla como se debe.
Al llegar a Prada de nuevo y observar la cima del Canigó parece mentira que sólo unas pocas horas entes estuviéramos ahí arriba, 2.500 metros por encima. Alucinante. Finalmente, contando paradas nos salen unas 9 horas.
Y el ánimo a tope para, de una vez, hacer el Duatló d’Alta Muntanya de Catalunya que se disputa a mediados de Octubre desde Queralbs, en la zona de Nuria, y que incluye la subida al Puigmal, a más de 2900 metros.

domingo, agosto 26, 2007

Barcelona-Tourmalet

(Artículo publicado en el número 17 de la revista Pedalier)

Creo que la primera vez que pensé ir en bicicleta desde Barcelona al Tourmalet fue cuando me llegó una invitación de un club flamenco que hacía la Bruges-Mont Ventoux. Tenía buena pinta. Un origen y un destino significativos dan a un recorrido un significado especial. Hay que reconocer que cualquier recorrido que tenga el Tourmalet como final ya es de por sí atractivo, pero es que salir desde Barcelona tiene algo especial incluso para los que no viven en la capital catalana.

A nivel ciclista, Barcelona tiene el honor de haber sido final de etapa de un Tour de Francia, allá en el lejano 1965, en una jornada con inicio en Ax les Thermes y victoria del Bello Tenebroso, el español Pérez Frances.
Ese recorrido nos daba precisamente una pista de una de las posibles alternativas para llegar al Tourmalet desde Barcelona. Barcelona-Ax les Thermes, con 240 kilometros, luego podríamos hacer Ax les Thermes-Bagneres de Luchon, que son 159 kilómetros, para terminar con Bagneres de Luchon Tourmalet.

Todavía no teníamos una idea clara del recorrido definitivo, pero muchos de nosotros ya intuímos que era una buena idea unir nuestra ciudad con la cima más mítica de los Pirineos. Era cuestión de trabajar un poco, pensar alternativas, hasta que poco a poco acabamos dando forma a esta Barcelona-Tourmalet, esperemos que solamente la primera de más ediciones que vendrán. Finalmente catorce miembros del Esport Ciclista Sant Andreu (incluidos los tres choferes que nos acompañaron como asistencia) nos embarcamos en la aventura de partir en bicicleta desde nuestro lugar habitual de salida semanal, en Sant Andreu, y llegar hasta la cumbre ciclista más famosa del mundo.

Primera etapa Barcelona-Tremp


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El trayecto de la primera etapa supuestamente no era muy complicado al lado de etapas pirenaicas en mayúsculas como las que nos esperaban. Aunque la verdad es que incluía cuatro dificultades montañosas: Collbató, Coll del Bruc, La Panadella y Coll de Comiols. Este último, un puerto muy poco conocido y sin renombre, pero un puerto de 20 kilómetros de longitud que se sube después de 150 kilómetros.

Una ciudad de las dimensiones de la ciudad condal, con un área metropolitana tan grande dificulta una salida cómoda y segura. El laberíntico recorrido de salida de Barcelona entre autovías, autopistas, lo resolvimos con una aproximación a Montserrat por Martorell y Olesa de Montserrat. Justamente frente al Aeri de Montserrat, sale la carretera que lleva a Collbató, en un puerto no demasiado duro que lleva también a las Cuevas de Salnitre. De ahí, rápidamente hacia Coll del Bruc y poco más tarde ya cogemos la antigua autovía Barcelona-Lleida, que ha quedado prácticamente desértica después de la apertura de la nueva autovía. Siempre subiendo, llegamos a La Panadella, tradicional lugar de atascos en la antigua autovía y parada obligada de camioneros. También es una parada obligada para nosotros, donde almorzar.

La subida a Comiols, con un día de calor sofocante y el kilometraje acumulado, parece un verdadero puertazo, cuando la verdad es que los desniveles son de lo más normalito, pero ya se sabe que los recorridos los hacen duros los ciclistas y los que podían apretar apretaban y los que no, pues a sobrevivir. Tras coronar, el resto ya es un claro descenso de más 30 km. hacia Tremp.

Al final de la jornada, un recorrido de 216 kilómetros, más de ocho horas encima de la bicicleta, un desnivel acumulado de 2.650 metros y un calor tremendo, lo que significa brazos y piernas quemados. Verbena de San Juan en Tremp. Un par de botellas de cava que el grupo se ventila en pocos minutos y a descansar, mientras el resto de los mortales se prepara para una noche ajetreada… Para ajetreos estábamos nosotros.

Segunda etapa Tremp-Bagneres de Luchon
Lo primero que uno siente tras la paliza del día anterior es dolor de piernas. Bajar las escaleras para desayunar recuerda los excesos del día anterior y avisa de lo que puede pasar en breve…

En el larguísimo trayecto de Tremp hasta Esterri d’Aneu, donde empieza la Bonaigua, se impone un ritmo constante para intentar que cundan los kilómetros. Es un falso llano de más de 60 kilómetros que va picando hacia arriba y no permite acabar de coger velocidad. Existen varios túneles en ese trayecto, pero para pasarlos nos desviamos por fuera tal como indican las señales, que impiden circular a los ciclistas. Gracias, señores de la DGT, pero lo hubiéramos hecho igualmente. Observar el Congost de Collegats por la antigua carretera estrecha merece mucho más la pena que atravesar el túnel.

La subida a La Bonaigua es siempre un reto. La mayoría de nosotros la acostumbra a subir desde el Valle de Aran en la tradicional Marcha de la Bonaigua que cada año sale de La Pobla de Segur. Pero en esta ocasión la hicimos en sentido contrario, con lo que esta vertiente tenía el atractivo de lo conocido pero todavía no conquistado. No podíamos dejar de pensar en lo que costaría subir la interminable recta que acostumbramos a bajar a toda pastilla en la Bonaigua sin necesidad de tocar el freno…

Las obras durante la subida dificultan la escalada. ¡Qué cantidad de máquinas! (menos mal que era domingo y estaban paradas). ¡Qué manera de recortar curvas! ¡Qué asfalto más degradado! Llegando arriba desaparecen las obras y mejora la panorámica. Coronamos con tranquilidad y disfrutamos del paisaje que ofrecen los 2072 metros de la Bonaigua. La bajada es muy rápida, no sólo hasta Viella sino incluso hasta Bossost, al pie del último puerto del día.

El Portillón es un puerto incómodo. La vertiene por la que subimos no es quizás tan dura como la francesa, pero si se sube en día de calor, después de una buena kilometrada, como era nuestro caso, se hace duro de verdad. El asfalto en perfecto estado, recién reparados tres kilómetros. Bajando, nos topamos con la cascada Sidonie, espectacular, y nos paramos a hacer fotos, como cada vez que bajamos en el Portillón. Siempre igual, pero vale la pena, ¿a quién amarga un dulce?

Llegamos a Bagneres de Luchon, ciudad con el encanto de lo decadente.
Numerosos edificios históricos recuerdan lo que en su día fue: una de las ciudades termales más importantes de los Pirineos. Sin embargo, su estado de conservación deja bastante que desear.
Las instalaciones hoteleras ahí se mantienen, puesto que en invierno sigue siendo un destino turístico importante. Más, cuando desde el propio centro de la ciudad sale un telecabina que lleva a las pistas de esquí de Superbagneres. Precisamente una opción que barajamos en su momento era subir a Superbagneres como colofón de la etapa, aunque una subida de esta entidad (18 km a casi un 7% de media) seguramente la mejor forma de disfrutarla no es despues de 150 kilometros.

En el hotel que estuvimos se cumple a rajatabla todo lo que esperábamos: hotel en edificio histórico, moqueta hasta en el baño (¡) y, afortunadamente, una buena cena. ¡Ah! Claro, y una media de edad de los clientes con los que compartimos comedor que nos supera en 40 años, por lo menos. Es lo que tienen las ciudades termales.
Pues nada, a imitar a los abuelos y a la cama pronto, que mañana hay que madrugar.

Tercera etapa Bagneres de Luchon-Tourmalet
Las previsiones de mal tiempo se confirman cuando nos despertamos. Después de un fin de semana de mucho calor el lunes amanece muy tapado y con llovizna. Si estamos así en Bagneres de Luchon, me imagino a más de 2.000 metros. Pero no hay ni un atisbo de duda en todo el grupo. Hemos venido a completar el recorrido desde Barcelona hasta el Tourmalet en bicicleta y no podemos abandonar ahora.

Subiendo Peyresourde hay una niebla impresionante. A lo lejos nos parece ver un pelotón muy grande, ¿estamos viendo visiones? Pues no. Mediada la ascensión nos encontramos con un grupo enorme de Lyon que también va a hacer unos días de stage en el Pirineo. Un grupo muy heterogéneo, con gente que andaba mucho, gente más mayor, bastantes mujeres... Con varios vehículos acompañantes que nos iban dando a nosotros el mismo ánimo que a los suyos. Llegando al final del Peyresourde se mantiene la niebla y nos perdemos el espléndido paisaje de las últimas herraduras. Coronamos y compartimos cumbre con el grupo de Lyon entre fotos, furgonetas y chubasqueros.

Bajando, el grupo grande de Lyon se desvía hacia Val Louron Azet mientras nosotros seguimos bajando hacia Arreau para empezar a subir el Aspin, un puerto cuya dureza sería mucho más reconocida si no tuviera a su lado al gigante del Tourmalet. Al coronar no hay mucho tiempo para florituras. Los que han llegado primero se refugian en los coches y los que llegamos después ni foto ni leches, para abajo que cuanto antes acabe esto mejor. La bajada del Aspin ya roza el punto de lo épico. La lluvia es muy intensa y el frío empiza a dejar pies y manos muy tocados. Menos mal que la bajada no es muy técnica porque los frenos apenas responden.

Cuando llegamos a Sta Marie de Campan la verdad es que la tiritona es de impresión. No conseguimos sacarnos el frío del cuerpo. Por un momento se pasa por la cabeza no subir al Tourmalet, pero en el fondo uno sabe que se arrepentirá si no lo hace. Mientras esperamos a que lleguen todos pregunto dónde está la placa que rememora el día de 1913 en que Eugene Cristophe tuvo que reparar su horquilla bajo la atenta mirada de los jueces del Tour de Francia. Me dicen que 200 metros más abajo del cruce donde empieza la subida al Tourmalet. Pero estoy empapado, temblando de frío y decido que ya iré después. Mala decisión, porque al final me quedaré sin ver la plaquita…

Cuando empiezo a subir por arte de magia las cosas cambian y las sensaciones son las mejores desde que salí de Barcelona. El entorno, estar a los pies del deseado Tourmalet influye, pero la verdad es que cambiarme la ropa mojada por ropa seca también influye lo suyo. El fuerte calor de los dos primeros días se ha convertido en una temperatura agradable mucho más recomendable para pedalear.

La calma tensa dura mientras llegamos a las inmediaciones de Gripp. Ahí empieza lo duro. Quisiera decir que también lo bonito, pero la niebla lo seguía cubriendo todo. La visibilidad era la justa como para poder avanzar, pero poco más. El cansancio acumulado va haciendo mella y subimos en grupo sin cruzar palabra. Sufriendo y disfrutando por un igual. Al salir de La Mongie desaparecen los carteles que kilómetro a kilómetro nos van avisando del porcentaje medio de desnivel que nos espera. La niebla, muy densa, y la falta de información, hacen que andemos muy perdidos respecto al final de la ascensión. Recordaba muy poco del final: una curva cerrada a izquierdas y coronar en un claro cambio de rasante, con la estatua a la derecha y el restaurante a la izquierda. Sin casi darnos cuenta estamos arriba y me veo esprintando a los compañeros. El objetivo está conseguido!!!!!!!

Una vez arriba tenemos demasiado trabajo. Reencontrarnos con los símbolos del Tourmalet, como la estatua “El gigante del Tour” (estatua realizada por Jean Bernard Metais, que conmemora el primer paso del Tour de Francia por el Tourmalet, en 1910), leer las placas de todos los monumentos (también del monumento a Jacques Goddet), hacer las fotos de todo, entrar a comprar los recuerdos en la tienda de souvenirs… Tiene mucho peligro un grupo de españoles con síndrome de compra compulsiva en la tienda de una cumbre mítica. Corren peligro las camisetas, las gorras, los escudos para bordar, las pequeñas esculturas en piedra…

Todos serán objetos preciosos a partir de ese día. Para poder demostrar que YO LO SUBÍ.

Entonces sí. Una vez hechas las compras y las fotos estaba todo hecho, entonces sí que pudimos subir al coche y bajar al camping de Sta Marie de Campan, donde después de un día frío y lluvioso nos esperaba la mejor de la recompensas: una ducha caliente y una comida compuesta de una sopa que le llaman garbure (típica de la región) y un poulet basquaise que nos supo a gloria.

Es el momento de reposar, de hacer balance de los tres días, de disfrutar del momento, de saborear los últimos instantes al pie del coloso. 450 kilómetros, 3 etapas, 9 puertos. El Tourmalet, más cerca de lo que parece.

jueves, mayo 03, 2007

El Santuario de Sant Salvador, un lugar de ciclismo... diferente.

Visitar Mallorca en el mes de abril, en el que el cicloturismo se apodera de la isla, es una terapia fantástica contra todos los males que aquejan el ciclismo. Uno siente que el ciclismo está vivo, muy vivo allí. Es reconfortante pedalear por Mallorca en primavera… Todo vuelve a ser como era.

Curiosamente, visité el Santuario de Sant Salvador el mismo día que Joan Llaneras superó el record de 6 Campeonatos Mundiales en pista que tenía Guillermo Timoner. Un día muy emocionante en el que Joan dedicó la victoria a su tantas veces compañero en la pista, Isaac Gálvez, fallecido en el velódromo de Gante. Un Campeonato del mundo el de Palma de Mallorca que descubrió al mundo el Palma Arena, ese fantástico recinto multiuso donde Guillermo Timoner quería cubrir 100 kilómetros en pista a sus 81 años. Si se lo propone lo conseguirá, seguro.

Incluso para aquellos que no hemos sido grandes seguidores del ciclismo en pista, el nombre de Guillermo Timoner evoca grandes recuerdos. El medio fondo tras moto, ya desaparecido. Su longevidad sobre la bicicleta: el último mundial lo consiguió con 39 años y hoy en día sigue pedaleando...

También curiosamente ese día hice un recorrido en el que partiendo de Port d’Alcudia atravesaba la isla y después de subir al Santuario de Cura, pasaba por Porreres, localidad natal de Joan Llaneras y continuaba por Felanitx, donde nació Guillermo Timoner, para finalizar la salida subiendo al Santuario de Sant Salvador. Una etapa llena de alicientes, que recomiendo desde aquí. Y sin olvidar la subida al Santuario de Monti Sion, desde Porreres mismo.

La de Sant Salvador es una subida espectacular, no exenta de dureza. El Santuario de Sant Salvador o de la Mare de Déu de Sant Salvador se encuentra ubicado en la cumbre de la montaña del mismo nombre, a 509 metros de altura. Se llega a él después de 3 kilómetros de aproximación desde Felanitx, y cinco kilómetros de subida desde el cruce al Santuario, con un desnivel medio de poco más del 6%, con rampas máximas del 8% y del 10% llegando al final.

Al llegar al Santuario se puede apreciar la grandiosidad del monumento a Cristo Rey, que fue inaugurado en 1934, con una espléndida vista de prácticamente toda la isla. El origen del Santuario se remonta al año 1348, momento en el que se construyó la iglesia primitiva dedicada a la Pasión de la Imagen. A principios del siglo XVIII se edificó la iglesia actual, colocándose en el altar mayor una imagen de la Virgen, que desde el siglo XV era venerada en el santuario, y situándose en una capilla lateral el retablo del siglo XV, esculpido en piedra, de la Pasión de la Imagen.

Tras recrearnos en la preciosa vista desde Cristo Rey, nos acercamos al edificio donde está la hospedería (las celdas donde es posible pernoctar son pequeñas y muy austeras), el propio santuario y un pequeño restaurante, del todo recomendable. Y una vez se accede al patio interior, la sorpresa. Se puede observar, en el rellano superior desde donde se accede al comedor, toda la serie de maillots de campeón de mundo de Guillermo Timoner enmarcados y perfectamente identificados con el año de su consecución, que en su día fueron donados al Santuario. El corazón me dio un vuelco cuando hice semejante descubrimiento.

Un pequeño museo, una exposición permanente que recuerda la devoción del gran Timoner por la virgen:
“Mi fe en vos fue la causa de mi triple triunfo de Campeón Mundial. Lejos de vos, excelsa madre, cuando lejos de mi patria pedaleaban mis piernas en ansias de triunfo, de mi corazón salía siempre la misma oración, que muy quedo musitaban mis labios resecos, bañados muchas veces con lágrimas de emoción, pedía vuestra divina protección, que nunca me faltó. Aceptad pues, Virgen de Sant Salvador, este jersey, símbolo de campeón como homenaje fervoroso de vuestro humilde Guillermo Timoner”

Fue una verdadera sorpresa encontrar esas reliquias, no religiosas, en el Santuario. Los maillots, ya en un estado deficiente, recuerdan el tiempo que ha pasado. ¡Más de 50 años desde el primer Campeonato del Mundo!
Seguramente pasarán desapercibidos para tanta y tanta gente que visita el santuario, pero no para mí.

Se trata de un pequeño tesoro, muy bien guardado, que vale la pena conocer.