lunes, julio 01, 2013

Gran Sasso d’Italia, elegido para la gloria.

(Fotos: Sergi Ros)
Íbamos desperdigados. El espectáculo de la montaña era tan grandioso y el día tan magnífico que desde que coronamos el primer collado tras una dura rampa y nos reagrupamos, cada uno se paraba en un lugar diferente a admirar el paisaje o a hacer fotos. Todos diseminados. Yo iba con Ángel, estábamos en un tramo llano esperando los últimos 7 km que acaban en nuestro destino final, Campo Imperatore. El nunca había estado ahí, pero lo conocía como si subiera esas montañas cada fin de semana. Me dice: ahora lo veremos ahí a mano izquierda. Y efectivamente tras una curva que evitaba un paredón apareció frente a nosotros, majestuoso, sólo con una pequeña nube cerca de su cima: el Gran Sasso d’Italia. La carretera se dirigía en línea recta hacia allí buscando el hotel y la estación meteorológica, en Campo Imperatore, subiendo por el valle, encajonada entre paredes con la nieve deslizándose por sus laderas.

Un sitio singular, maravilloso, de difícil acceso, o mejor de acceso único: esa carretera por la que circulábamos. Uno entiende que fuera el lugar elegido para retener al general Mussolini tras su detención y caída del fascismo en Italia. Sólo los paracaidistas de las fuerzas aéreas del mejor ejército nazi alemán fueron capaces de rescatarlo en una operación histórica que se denominó Operación Roble, el 12 de septiembre de 1943.

El tiempo climatológico que habíamos tenido en nuestra excursión a los Apeninos colaboró también en hacer de este día algo muy especial. Teníamos cuatro etapas por hacer, nueve subidas que escalar. Las previsiones cambiaban continuamente y no podíamos tener la más mínima certeza de asegurar el buen tiempo. Al final, por fortuna, decidimos subir al Gran Sasso el último día de nuestra expedición, después de tres días anteriores en los que apenas habíamos visto el sol. El frío nos había acompañado en las bajadas y la nieve era espectadora de nuestras subidas más allá de los 1.500 metros de altitud. De repente, ese lunes había amanecido insospechadamente radiante. El cielo azul y la atmósfera limpia. De momento eso sólo nos auguraba que podríamos intentar coronar Campo Imperatore a 2.130 metros, la carretera más alta de los Apeninos, a diferencia de lo que nos había ocurrido días antes en Block Haus.

Pero todo el día fue radiante y las vistas fueron espectaculares. La visón del Gran Sasso en ese instante fue un momento mágico, quizás el momento estelar del día, pero toda la jornada fue de las que no se olvidan.

Todo había empezado muy pronto en el hotel de Sulmona donde estábamos alojados. Desde allí nos debíamos trasladar a L’Aquila (donde el terremoto de 2009 que dejó más de 300 muertos y a miles de personas sin casa) y más concretamente a Paganica, lugar donde se inicia la ruta de ascenso que hicimos al Gran Sasso. 
Tras un inicio insulso nos metemos en una estrecha carreterita sin señalización que sube a escalones para vencer los repechos cada vez más altos que nos distancian del centro de la montaña. En esa zona ya empezamos a ver unos paisajes espectaculares y nos damos cuenta de que estamos ante un día muy especial. Nuestro fotógrafo Sergi, habitualmente tranquilo acompañante de nuestras aventuras y exigente seleccionador de encuadres, empieza a funcionar a toda velocidad. El trabajo se le acumula. Como nos confirmó posteriormente, las vistas mejoraban curva tras curva y era incapaz de dar abasto a todas las maravillas que se le plantaban ante la cámara. Como digo, su habitual tranquilidad se transformó en un frenesí: furgoneta parada con el motor encendido, ráfaga de fotos al primer grupito de nosotros que se acercaba y vuelta a la furgoneta para tener que detenerse 500 metros más allá y repetir la operación, esta vez subiendo a toda prisa por la montaña para coger la perspectiva correcta.

Los rampones intermitentes finalizan en un pequeño altiplano y veo a lo lejos a algunos de mis compañeros de grupo flotando sobre una alfombra verde en un tramo llano. Mi perspectiva es fantástica y la suya debe serlo también porque están pedaleando lentamente mientras sacan la cámara compacta y enfocan otra zona de montaña nevada al fondo. Es momento de disfrutar. Hoy no es día de sufrir.

Esa carretera estrecha y solitaria desemboca en la carretera principal que sube a Campo Imperatore desde Assergi. El cartel marca que todavía faltan 20 kilómetros para llegar a nuestro destino. Por una vez, no pienso que sean 20 interminables kilómetros sino que pienso si el resto de las subida va a estar a la altura de lo que hemos visto hasta ahora.

Y la respuesta es que sí. Coronamos el Valico Monte Cristo, ahí paramos a hacer fotos y disfrutamos de una amplísima panorámica en 360 grados, desde el paredón de nieve que hemos subido en la dura rampa que llevaba al collado, hasta las vistas de alta montaña en dirección a Campo Imperatore. Comemos un poco, recuperamos y reanudamos el camino, los aproximadamente 15 kilómetros que faltan. Cinco de descenso y llegaremos al cruce donde también llega la carretera procedente del este que tomaremos de regreso, para encarar los últimos 10 kilómetros, tres todavía en bajada y los últimos siete ya de clara subida, como véis en el perfil de Angel.

Los últimos kilómetros son muy duros y se hacen notar los más de 30 de subida que llevamos, y el frío, y los tres días anteriores pedaleando por los Apeninos. Ahí parece que nos vamos reagrupando, estamos todos bastante cerca. Los más fuertes para disfrutar más tiempo de la subida, haciendo fotos y admirando el paisaje, y los que vamos más justitos sufriendo lo indecible para poder sumar una nueva cima legendaria a nuestra colección. Las últimas rectas las hacemos entre paredes de nieve de casi dos metros de altura a ambos lados. Nunca había pedaleado con tanta nieve a los costados. Y resulta que esto son los Apeninos y no los Alpes, curioso.

Llegamos arriba y tengo muchas cosas que hacer. Quiero visitar el Hotel Campo Imperatore, quiero hacer fotos, quiero acercarme al observatorio metorológico, quiero hacer más fotos, comprar en el pequeño kiosko de souvenirs, y recordadme que haga más fotos! El tiempo no pasa, vuela, y no hago ni la mitad de cosas que quería, pero la foto de grupo junto al cartel no falla, ese era el objetivo principal. Eso prueba que llegué!

El regreso que nos había preparado Angel estaba a la altura de los paisajes que habíamos disfrutado durante la subida. También carreteritas estrechas, solitarias, con escasísimo tráfico. Algún pequeño repechón y basta. Justo el tiempo para bajar la velocidad y apreciar los paisajes más pausadamente. Brutal. En total, un recorrido de 83 kilómetros absolutamente recomendables, una de esas cosas que un buen cicloturista debería hacer en algun momento de su vida.

Antes del viaje a los Apeninos había repasado la historia ciclista de esta subida. El triunfo de Pantani en 1999 en el Giro d’Italia delante del Chaba Jiménez, o incluso el de Vicente López Carril en su estreno en el Giro de 1971. También las dificultades de escalada de la cara norte del Gran Sasso (en concreto del Corno Grande), una de las más difíciles de Europa. Pero no tengo tiempo de hablaros de eso. El espectáculo que presenciamos ese día no deja lugar a más historias. Mirad las fotos y disfrutad un poquito de lo que nosotros vivimos ese día.

Para todos los que formábamos parte de la expedición, la subida a Campo Imperatore ha pasado a formar parte de nuestros puertos favoritos. Cada uno de los que allí estábamos, y ninguno de los nueve allí presentes era un novato en esto, íbamos buscando una clasificación en la que incluirlo (Top 10 de Italia, una de las mejores de toda Europa, nada que envidiar a los principales puertos alpinos…).

Lo cierto es que Campo Imperatore, con la visión imponente del Gran Sasso, es una de las montañas elegidas para la gloria.


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